sábado, 28 de noviembre de 2015

Desierto

Hace unos10 años leí un libro de Rafael Manrique titulado "La densidad del desierto" A la vuelta de un viaje al Sahara evocaba de manera sutil y admirable la sorpresa de encontrar densidad en donde se esperaba vacío. Inmenso.
He seguido en mi ruta hasta el paralelo 28 Norte un trazado que atravesaba varios desiertos. Unos con nombre acreditado en los mapas, como Los Cirios o Vizcaíno y otros tan modestos q nadie se entretuvo en ponerles nombre.
Escrutando bajo el sol, aun cegador en noviembre, intentaba distinguir cuando el terreno que atravesaba era desierto y cuando un acreditado secarral. Acaso el silencio, la ausencia de pájaros, el paisaje casi invariable hacían desierto? Los cactus erguidos como centinelas o yacentes como jinetes abatidos, abandonados como solitarios vigías de noches frías eran quienes se apoderaban de esos recodos del mapa llamados desiertos?
Tan seguro de que no están vacíos lo es la expulsión que esos espacios han decretado para los humanos. Sin agua, sin electricidad, sin gasolineras, sin señal de móvil casi nadie sobrevive. Coco en Bahía o Yuyin en Chapala resisten aún.
No tengo miedo cuando ruedo y he acampado en lugares solitarios y remotos desde cualquier punto de vista pero esta vez, más allá de los bordes de la carretera, poblados de cristales y llantas deshechas, me pareció que no había acomodo para mi carpa. Ni siquiera un pequeño hueco.
Desierto impenetrable. Denso.

jueves, 19 de noviembre de 2015

6:30 a.m.

_Tome señor. Ahi tiene su cambio.
_Que le vaya muy bien.
_Cuidese mucho.

Este es el saludo que me termina de despertar a tan temprana hora en el Starbucks de Chula Vista, a las afueras de San Diego, en California.

Claro, la atenta empleada es mejicana. Su idioma suena perfecto y anticipa la amabilidad que espero encontrar en Mexico. Todos los ciclistas coinciden en que en ningun lugar de habla española vamos a encontrar tanta amabilidad.

He tenido el atrevimiento de dormir en un rincon discreto al amparo de mi tienda verde y minuscula. Todo un alarde en un estado en que hasta el aire cumple con estrictas normas de circulacion.

Disfrruto de mi cafe absorto en la agitacion de estas tempranas horas. Esta cadena de cafeterias es un hogar para los ciclistas: abre muchas horas, tiene siempre wifi libre, baños impecables y nadie se fija en ti.

Ni siquiera son las 7. Me cuido.



miércoles, 30 de septiembre de 2015

Francia a bajo coste



Conozco a amigos que les gustaría viajar por Francia pero se echan para atrás porque se trata de un destino caro. Es una pena. Se trata de un país precioso y me parece que se puede viajar por allí con bajo coste. Aquí siguen algunas ideas para animarse:
VACACIONES EN FRANCIA CON BAJO COSTE
EL DESTINO:
Prácticamente conozco todas las zonas de Francia, aunque muchas someramente. En general las zonas del sur son más económicas que las del norte. Del mismo modo, el interior es más asequible que las zonas de costa. Eventualmente, las proximidades del Pirineo y de los Alpes son más caras sin ser costa.

El rectángulo central que este mapa propone es la zona más asequible.


  1. LA ÉPOCA:
Esta pequeña guía está planteada para el verano y coincidiendo con las vacaciones escolares españolas: julio, agosto y algo de septiembre (en Francia las clases comienzan el primero de septiembre)
Las tarifas de los alojamientos son sensibles a los distintos momentos del verano. En ocasiones hay hasta 6 precios distintos en una misma temporada alta. El momento álgido, a evitar, es el comprendido entre mediados de julio y mediados de agosto. A partir del 15 de este mes no solo bajan los precios sino, también, la ocupación y se hacen innecesarias las reservas.
  1. EL HORARIO:
En Francia tiene mucha importancia el horario de las actividades del día. No solo porque es muy distinto que en España sino porque, además, hay muy poca flexibilidad y fuera del horario estándar encontraremos desatendidos.
LEER MÁS...............

miércoles, 29 de julio de 2015

Mareas

Foto de Jaime en la playa de Tresgandin de Noja

Desde hace años he llevado a mi hijo pequeño, Jaime, a algunos rincones de la costa de Cantabria y Asturias en los que hay marismas y fuertes mareas.

A los dos nos ha gustado siempre esperar con paciencia la retirada del mar o la desaparición de lo que hasta hace unas horas era arena o tierra.

Yo deseaba un viaje juntos en bicicleta, aplazado desde nuestra última expedición por el Carrilet de Gerona en 2013. Y Jaime propuso que el recorrido le permitiera hacer fotos, que son parte de su formación en la Universidad y una de sus aficiones.  

Así que hace unos días, en julio, hemos organizado un corto viaje en bicicleta con la misma motivación de tantas escapadas de su infancia: buscando mareas. Y en esta ocasión, con el incentivo de rodar imágenes para un documental sobre los viajes en bicicleta que, ahora, tendrá que editar.

Ahí van algunas imágenes de aperitivo:







viernes, 26 de junio de 2015

Solo


No es posible describir el color del agua del río Baker. Es algo parecido al verde lechoso como consecuencia del encuentro con aguas procedentes de los glaciares.

Cala Tortel está en la desembocadura del río sin parecerlo, pues un sinfín de montañas colmadas de bosque se interponen con el océano Pacífico. Un laberinto de canales se ocupa de desdibujar al río y su extraño color hasta que solo queda mar sin nada en el horizonte.

Traté de ser el primero en recoger mis bártulos y vencer todas las escaleras de Tortel porteando por partes y en relevos la bici y su equipo. Pero al terminar ya estaba el ciclista suizo en lo alto listo para alejarse de mí.

Es seguro que no hay otro rumbo que el norte ni otra ciudad de destino que Cochrane, la pequeña capital de la provincia de Capitan Prat. Pero a pesar de tener en la cabeza el mismo plan ni él ni yo hicimos ningún gesto para formar equipo. 


Nos conocíamos de la cena en la noche anterior y podíamos comunicarnos bien en francés pero desearnos suerte fue lo único que nos dijimos. El emprendió la marcha mientras ajustaba mis alforjas.

El viento en la espalda me ayudó esa mañana y aún más la competición con un perro solitario que al verme llegar emprendió una carrera intentando mantenerse a una cierta distancia por delante. Bajé mi cabeza y empujé mis pedales tocando el timbre a intervalos regulares. Mi mensaje para el perro veloz era: Sigo aquí.

Se cansó y se echó a un lado. Pasé rápido delante de su mirada inquieta y seguí tocando el timbre para hacerle entender que no tenía nada que temer. Mi pedaleo no iba con él.

Al poco encontré al suizo almorzando sobre un árbol enorme y vencido junto a la carretera. Le acompañaba otro perro. Me explicó que le había seguido y que habían fracasado todos sus esfuerzos por abandonarle. Probé algunos trucos incluyendo la posibilidad de que por ser chileno el perro entendiera mejor el español y se diera por despedido. No fue así.

Me despedí del ciclista con la inquietud de que el perro me tomara por un relevo y escogí para hacer el almuerzo, por si las dudas, un rincón no visible desde la carretera. Desde lejos vi como el suizo y “su” perro sobrepasaban al poco mi posición.

Antes de salir de casa valoré la decisión de de hacer la ruta en solitario. Para tranquilidad de todos contaba con la posibilidad de armar una sociedad de intereses con otros cuando lo aconsejara la dificultad prevista de una etapa. Incluso planee detenerme en un lugar a la espera de otro ciclista cuando la información disponible anunciara algún peligro.

En casi setenta días en la ruta no sentí la necesidad de rodar en compañía. Ni siquiera me pareció que el suizo, tan solitario como yo en la partida, disfrutara con la compañía del pegajoso perro.

En algún momento los dejé atrás ese día y al encontrarme a otro ciclista, que me alcanzó al final de la etapa, y preguntarle por el suizo me dijo: El del perro?

Más tarde supe que en ese tramo hay varios perros que han tomado gusto a acompañar a los ciclistas que hacen la carretera austral. Avanzar algunas horas con uno y toman otro rodador como compañía de regreso. 


No pude culminar la etapa aquel día y apurado por la oscuridad que se me venía encima acampé bajo una lenga cercana a la carretera que quedó, al poco tiempo, vacía y en silencio. Pensaba en el contraste entre lo que me gusta rodar solo y como al final del día celebro encontrarme con la animación de un hostel repleto de viajeros o con gente con la que conversar en un café.

Repasé la jornada y tuve un recuerdo para el perro y su suizo. Compañeros de todo el día. En cambio, en la noche, yo seguía solo.

lunes, 8 de junio de 2015

Terra Alta

Hace tres años me embarqué en un viaje de reconocimiento de los escenarios de la Batalla del Ebro. Un episodio tan cruento como lejano de la Guerra Civil española.

Fue la lectura del libro de Jorge M. Reverte sobre este hito de la contienda la que me dio el impulso para tomar mi bici y subirme a un tren hasta Mora de Ebro. Justamente un mes de julio. 74 años después de aquellos dolorosos 100 días que siguieron a la madrugada del 25 de julio de 1938.

Desde Mora recorrí Miravet, Pinell de Bray, Gandesa, Batea, Villalba y Corvera.

Resultó un viaje extraño. En extremo silencioso. No solo porque no encontré a nadie en mi deambular por las cicatrices que la batalla dejó marcadas sobre el terreno, sino porque ninguno quiso compartir conmigo sus recuerdos propios o prestados.

Olivos milenarios de Pinell.
Foto: Nuria González
Una desmemoria general se había instalado en las gentes como niebla entre las ramas negras de los campos de olivos. A fuerza de no recordar, hasta los datos más elementales de aquellos días se habían perdido para cualquiera. Me quedé así inútilmente instruido de historia pero vacío de vivencias que eran, verdaderamente, lo que buscaba.

He vuelto en estos días de junio y he pedaleado con Nuria por la senda verde que atraviesa en paz parte de la sierra de Pàndols-Cavalls.

Sobre la costura del antiguo ferrocarril que llegó a unir Tortosa y Alcañiz hemos hecho dos días de bici. En esta ocasión fue un gerundés, Borja García, al que me encontré el pasado febrero con sus amigos ciclistas en Puyuhuapi (Chile) el que empujo a no postergar esta ruta.

Nuestra base de operaciones ha sido el Camping Terra Alta de Bot, justo al costado de la senda. Juan, el dueño, ha asesorado nuestros planes y  aliado a la brisa vespertina de esos campos de la Terra Alta ha aligerado el calor intenso de estos días en el final de las etapas.

La propuesta para la primera jornada fue bajar hasta la estación de Pinell de Bray para alcanzar luego el pueblo encaramado sobre las rocas. En total 38 llevaderos kilómetros, con suave ascenso en en recorrido de vuelta.


Para el segundo día dejamos la ruta más corta, alejándonos del Ebro, hasta alcanzar el río Algars, que es el límite con Aragón, y el pueblo turolense de Lledó, en la comarca de Matarraña.

Estación de LLedó
Este es un tramo más solitario y de intensa belleza. Hemos ido dejando algunos pueblos, como Horta de Sant Joan, que esperan a nuevas jornadas de bicicleta.

Asomados a Teruel hemos sentido de nuevo la belleza de este enorme espacio, tan poco poblado que no llega a los 10 habitantes por cada kilómetro cuadrado. Pocos pero muy cordiales.





jueves, 14 de mayo de 2015

Averia

Ayer me vi compartiendo experiencias con un médico cubano en una Clínica de Ayamonte.

Fui allí porque la inflamación de uno de mis pies no tenía buena pinta al levantarme en Vila Real y porque en esta pequeña ciudad fronteriza tienen tasa moderadora, es decir, más de 60 euros por echarme un vistazo. Resolví atravesar de vuelta el Guadiana.

El médico que me atendió puso muy buen oficio, aprendido como médico de familia en un pueblecito de Matanzas, y yo compartí con él abiertamente las motivaciones para caminar y otras reflexiones positivas y andanzas varias. Entre ellas mi largo viaje en bicicleta por aquella isla del Caribe.

El caso es que me he retirado a la Pousada da Juventude de Tavira a hacer un par de días de reposo, para un tendón inflamado, e intentar luego seguir mi caminata que se ha visto ya tan disminuida.

Así que he transitado de uno a otro de mis territorios favoritos:

Las andanzas manhaneras por entre mar y tierra en las marisma:


A la quietud, también silenciosa, de una biblioteca pública en la que ya me he hecho fuerte:


Con todo, a pesar de mis prudentes cuidados, no parece que el lado izquierdo de mis pasos esté en condiciones de seguir, aunque sea en etapas mínimas.  Estoy a un paso de "degradar" mi travesía a la condición de vacaciones en el Algarve. Un jubilado más.

Así que llevo días digiriendo el tránsito entre una caminata que se prometía casi heroica a un fracaso que no puedo revertir y que hay que aceptar.  Cómo?. Aprendiendo.
 
Antes de detenerme en Isla Cristina, en la cuarta etapa, ya había tomado algunas notas sobre los errores y aciertos de esta última empresa caminante mía. Hacía 5 años que no lo hacía solo y tan rápido y percibía que las cosas no iban bien del todo.


Los aciertos no son más que la aplicación de hallazgos en viajes anteriores: LLevar protección del sol con sombrero y pañuelo grande; comer ligero durante el día y pasar la comida grande a buena hora de la tarde; acostarme y levantarme pronto; vaselina en los dedos al arrancar y nutracex para reparaciones de piel al final de la jornada. Cosas que ayudan mucho.

Los errores han sido de entidad y todos caben en uno solo: Exceso de confianza.

He traído botas viejas y muy desgastadas: Pensé que sería su último viaje y me equivoqué. El resultado es que siento las piedras en la planta y las protecciones para el pié se han degradado.

Llevo equipo de acampada por si tenía que pernoctar en medio de la nada o no encontraba alojamiento accesible en precio: No ha pasado ninguna de las dos cosas. He dormido en tienda 3 de las 5 etapas pero eran camping y había buena oferta de hostales. El asunto es que para un problema inexistente he cargado con 3,5 kilos de peso adicional a mi espalda (el 40%)

 Duermo en el colchón de mi tienda pero no duermo bien: Es suficiente para no sentir el suelo y es confortable en muchas circunstancias, entre ellas, las acampadas en mi travesía austral en bici. Pero no lo es para dormir de manera reparadora después de haberle dado un tute a un cuerpo entero con su mochila. Un cuerpo viejo y caminado necesita cama.

Y el cuarto error. El definitivo. He planeado etapas muy largas que para empeorar he recorrido en muy poco tiempo: Pretender hacer 30 o más kilómetros cargado y con fuerte calor y terminar la jornada a las 2 o 3 de la tarde es una temeridad. He llevado un ritmo endiablado de 5,4 o 5,5 km/h con descansos muy breves (y gracias a que me exhortó mi hermano Alberto a hacerlos) El resultado ha sido un esfuerzo excepcional para todo mi cuerpo al que mi determinación ha desconsiderado estúpidamente. Así estoy. Con toda la determinación y sin un pié operativo.

En las travesías de muchas jornadas, tanto en bici como a pié, es habitual pensar que el propio camino te va haciendo el entrenamiento y  me parece una previsión cierta. El problema es que yo mismo eché a perder esa buena idea metiéndome 36 km de la costa de Donhana en la primera jornada. Y terminando la etapa a las 15:30!!

 
Este es el relato y queda ahora reponerme y afinar mis instrumentos de caminatas. Contener mi determinación, darle una buena mano de modestia a mi impulso y echarle una mirada más cuidadosa a mi cuerpo que, esta vez, se ha detenido y rehusa seguirme. Y con razón.

Y también: Hacerme con unas botas en condiciones!!!!!


martes, 5 de mayo de 2015

Caminando

Buena parte de mi equipo de viaje ya está guardado y no me va a ser necesario en esta travesía. Mi leal bicicleta cube, que rodó sin quejarse por la América austral se va a quedar colgada esta vez. Me voy a pie. Caminando.

Voy a hacer otro tramo de mi recorrido al perímetro de la Península Ibérica, Un proyecto que, de tan largo que es, bien merece que se recuerden las palabras de Atxaga: "A los 60 años te das cuenta de que hay proyectos que ya no podrás hacer" En mi caso seguramente no llegue a terminarlo pero.......es seguro que alguien lo hará por mí.

Recorrer el contorno de esta península en la que vivo empezó en julio de 2010. Me fui en tren hasta Port Bou, en Gerona, y tome el camino de ronda hacia el sur. No es más que otro sueño de niño, pero este es de esos que se llevan a cabo:

Península. Un sueño

En el mapa grande se pueden ver los tramos del proyecto y la época en que se llevaron a cabo. Mañana empiezo un tramo más pero es por completo diferente. Primero porque, al estar acompañado de Nuria en todas las travesías desde el invierno de 2010, es de nuevo una caminata en solitario. Segundo porque planeo superar los 15 días seguidos de ruta y esos son muchos días. Nunca había pasado de 8 de una vez. Y por último, la distancia a recorrer es grande: cerca d los 400 km. Por tanto, como en el sur de América, es posible que me falte determinación y tenga que renunciar si llega el caso..

Este es el mapa provisional:


Saliendo de Sanlucar de Barrameda, en la provincia de Cádiz, bordear Doñana y toda la costa de Huelva. Atravesar luego el Guadiana para entrar en Portugal y recorrer el Algarve por Faro, Albufeira y Portimao hasta Segres y el Cabo de San Vicente. Por último, si hay fuerzas para entonces, comenzar la ruta hacia el norte de la larga fachada atlántica de Portugal.

Llevo un equipo ligero de acampada, otro reducido de cocinar y muy poco más. Así he conseguido reducir el peso total de la mochila hasta los 8.100 gramos que, para mi talla, es bastante llevadero.

 La previsión del tiempo es buena con días soleados, temperaturas altas para la época y noches no demasiado frescas.

En fin, llevo en la cabeza nuevas cosas en que pensar en las largas horas de caminatas diarias: yoga, zen, meditación. La culpa es de mi última lectura: "Viaje por la India" de Gary Snyder

http://www.jotdown.es/store/#!/Viaje-por-la-India-La-generaci%C3%B3n-beat-descubre-Oriente-Libro-+-ebook/p/44830921

Ahí vamos

sábado, 4 de abril de 2015

Sopaipilla

Mi remolona y feliz salida de O'Higgins se disolvió por completo en el cruce del río Mayer. En ese punto, tras los hierros,  desaparece el rastro humano y el paisaje se llena de agua, de rocas y de soledad. No hay cartel alguno. pero bien podría haberlo con esta sola advertencia: Entra en el camino austral. Abandone esa sonrisa que lleva en la cara y cuide de no caerse y llegar entero al final. Suerte.

El bosque y la montaña parecía como si me engulleran con parsimonia para devolverme quien sabe en que paraje. El aire era silencioso, mojado de tanto en tanto por el ruido de las cascadas y allí, en esa sola compañía, vas tú envuelto en tus pensamientos como si fuera un cortavientos, la mirada fija en el ripio como navegante que sortea escollos y bajíos y el paisaje deseoso de que pases de una vez y quede todo de nuevo en nada y en nadie.

Tras 51 km., sin poesía  alguna, me eché a un lado y me dispuse a pasar la noche en el refugio Shelter. Es una cabaña de madera hecha con más buena intención que maestría pero con chimenea, mesa y catre. Eso si,  bien ventilado por todas las rendijas posibles. Pudiera ser que esa noche no hubiera nadie en medio centenar de kilómetros a la redonda si no hubiera dejado a un ciclista Loreno al borde de la carretera, un kilómetro atrás, cuando el cielo parecía que se echaría definitivamente a llover.

A pesar de echarme encima toda la munición de abrigo que poseía pasé frío. Bastante. Bien desayunado salí en la mañana con unos 80 km por delante y bien poca información sobre el terreno que me esperaba hasta que encontré a un joven de Lérida y su desfallecido alemán de escolta. El muchacho venía con la luz de reserva encendida y aterido. El teutón, peor, estaba enfermo y desorientado. El encuentro fue breve, lo justo para el saludo y el intercambio de penurias y esperanzas. Ellos se fueron felices sabiendo que había un refugio a pocos kilómetros y yo pensativo con las insistentes cuestas que me esperaban y que habían maltratado de esa manera a aquellos inocentes viajeros. Su información era correcta. Un tormento de rampas vivas y collados envueltos en niebla, frío y silencio. Por momentos parecía que la nieve bajaría de su cota veraniega y se acercaría hasta la misma carretera  a ver mi huidizo paso. Al final de ese día llegué bien cansado a la sala de espera de Puerto Río Bravo, solitaria bajo la leve lluvia, con un banco enorme, agua y un baño. Verdaderamente un hotel para un ciclista cansado.

La mañana se alegró con la llegada de la familia de expatriados franceses que había conocido el El Mosco y mi amigo Diego, flamante a bordo del mismo vehículo. Me persuadí entonces de seguir hasta Caleta Tortel y les perdí de vista al otro lado del fiordo Mitchel.  Llegué pronto al pueblo, en la desesembocadura del río Bayer y, pese a las informaciones y  las muchas escaleras que hay por doquier, me animé a portear bici y equipo y armar mi carpa en el camping. En efecto el lugar carecía de sanitarios, agua corriente y cualquier confort por lo que le concedí al momento el título del peor camping del mundo que yo haya probado......desde 1976!!!


¿Negro el panorama? No. En absoluto. Ahí estaba Paulina. A escasos 100 metros del terreno estaba la humilde casa de esta mujer que suministraba a los viajeros de todo lo que el camping les negaba; los baños, una ducha caliente a precio asequible, el agua potable para cargar tus botellas, comidas y cenas por encargo a dos euros y sopaipillas.  Esta delicia chilena es un pastel con apariencia de empanadilla rectangular, hecho con una masa semejante a los churros pero más ligera y con el interior hueco. Todo ello rebozado con abundante azucar pulverizada que aquí llaman flor.Si. Me comí unas cuantas. De hecho cada vez que pasaba me daba el gusto.


Aquella casa, en su extrema humildad, me resultaba muy acogedora. Tanto, que me apunté a una comida por encargo de abundante plato único de tallarnes con tuco (salsa de tomate y pescado desmenuzado) y,  por supuesto, sopaipillas de postre. Al terminar la colación pedí permiso para sacar mis útiles de costura y rematé todas las labores que tenía pendientes. Mientras pasaba la tarde y caía remolón el día. Sentía el el murmullo de la cocina y la reposición de leña para mantener el fuego acompañando mi tarea costurera. Mientras Paulina y su marido amasaban para una vez más para colmar la fuente de sopaipillas en venta.





 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Paz en El Mosco. O´Higgins


La larga tregua de Chalten no podía durar para siempre. Casi no quedaban excursiones que hacer a las montañas que rodean al Fitz Roy. Mis amistades en el hostel se renovaban y cada día terminaba por probar alguna receta o sentarme a compartir mesa con otros. No digamos el imán poderoso de mi querencia a la casa de ciclistas de Flor.

Nada difumina más el espíritu de este ciclista de travesía en solitario que una temporada sumergido entre tantas comodidades de cuerpo y alma. Así que a regañadientes dejé aquél paraíso para sustituirlo por los infinitos cantos sobre los que hay que rodar en el ripio de Chalten al Lago del Desierto.



Salvo para mis imparables amigas Lluna y Clem, ciclistas suizas de 19 años, la travesía desde el Lago del Desierto a Villa O'Higgins es una buena tunda. Singularmente el ascenso desde la punta norte del lago hasta el hito de la frontera con Chile. Son 6 km de subida por un sendero no apto para bicis en los que empleé 5 horas de un día grisáceo en dar cuenta del triple recorrido de subir por tramos la bici y regresar a por el equipo para el tercer recorrido.

No encontré otra idea para que el ánimo no se me doblara que no tomar descanso hasta culminar la ascensión. Mi disgusto ronroneaba queriendo tomar cuerpo, pero conseguí relegarle a tratar sus malas pulgas con mi fatiga que, en ayunas, andaba también bien malhumorada.

Más allá de estas emociones, la senda es un asco, trazada y mantenida por el diablo de los ciclistas. Ese mismo que se entretiene enviando contra nosotros todos los vientos del mundo cuando, confiados, nos adentramos en la estepa patagónica de Argentina.

Lluna y su amiga hicieron la misma ruta algunos días después con buen sol y me contaron que se habían divertido mucho. Quizás por ir juntas?, dijeron. Quizás por sus 19 años? El caso es que los vídeos que me mostraron acreditaban como se lo pasaron de bien burlándose del diablo.

Llegado a Chile hay una ruta de ripio pero con formato de camino. La travesía está entonces vencida y no queda más que esperar un barco para atravesar el Lago O´Higgins. En el muelle una israelita charlaba con un tipo enjuto y barbudo, con una abultada mochila y cara de fatigado. Español de Madrid tan solo le saludé y le dije: Tendremos que hablar, mientras procuraba que nada de mi equipo quedara fuera del embarque..

El pequeño puerto de ese ramal del Lago está erigido solitario en un borde áspero y arbolado a 7 km. de la Villa. Así que yo aún ajustaba mi equipo cuando todos, hasta la tripulación del barco´habían abandonado el lugar.

Pedaleé con calma cautivado por el lugar, el río Mayer, el camino tan solitario y, me parece a mí, que fui el último viajero en llegar ese día a Villa O'Higgins.

No fui admitido al primer intento en El Mosco, un alojamiento que incluye camping, hostel y hostal. Fue cuando acudí como perro remojado a por un poco de señal de wifi cuando Carmen me pidió que, puesto que ya había armado la carpa en otro sitio, no dejara de volver al día siguiente.


A la mañana levanté mi campamento y me instalé en El Mosco para uno o dos días. Allí estaba Diego y rápidamente hicimos buenas migas y un pequeño grupo nacional con carmen y Manuel. El lugar es bueno en sus condiciones generales y en los servicios que un viajero puede necesitar, pero es extraordinario en el clima de relación que se establece entre la gente, a pesar de que constantemente se renueva la población del alojamiento. Es un misterio cuales son las hadas que hacen de aquél lugar un paraiso: El hada de los muchos ciclistas que arriban buscando información, relatando tormentos de ripio o pidiendo una buena opción para resolver una avería; el hada de los jóvenes que surfean entre olas de energía y optimismo contagiosos; o el hada del fundador de esa casa, el ya desaparecido Jorge Salgado. Nadie lo sabe pero Diego y yo repasábamos cada tarde los argumentos para reanudar  la marcha para, al poco, ser vencidos sin resistencia por cualquier buena cena.

Manuel, Diego y yo en la cocina de El Mosco
Resultó ser que Diego sabe hacer pan y tuvo la generosidad de enseñarnos a mí a los otros muchos que rápidamente se interesaron. Tomé en aquella escuela de tan buen maestro el conocimiento más práctico de todos los que llevo aprendidos. Ahora sigo con la impaciencia de enseñar a mis sobrinos a mi regreso a España.

Mi móvil se ha poblado de nombres para atesorar: Diego de Madrid, manuel de Santiago de C., David de Colorado, Cristie de Sacramento, Ruth de Viena, Heidy de Salzburgo, Antonio de Santiago, Enrique de Las Palmas, Fili de Chile, Samuel y Flo de Berna, ...etc.