miércoles, 30 de enero de 2013

Danang


De Ban Lung, en Camboya, a Hué, en Vietnam, en dos etapas.

Hoy he echado el segundo día en una furgoneta atestada de gente. 

Gracias a que luche denodadamente antes de iniciar el viaje me hice fuerte en una plaza delantera, que si bien quedaba embutido como una manzana en una caja de fruta, evitaba que la sobreocupación aprisionara sin respeto alguno tus piernas.

Así seis largas horas desde Kon Tum hasta Danang. Desde el interior hasta la costa atravesando mesetas, junglas y algún puerto de montaña. He resistido bien y a las 5 de la tarde, al llegar a la costa, aun me quedaba energía para enlazar otro transporte hasta Hué, mi destino de hoy.


Le he hecho frente a la colocadora del bus, una mujer mal encarada y gritona que en cuanto ha visto que yo no era de aquí me ha agitado un billete de cien mil dong en la cara (5 dólares) Un bonito mensaje para mí de que, por ser western, he de pagar el doble que cualquiera. Esta pequeña batalla ha sido breve y obtenido el descuento de la dignidad me he sentado sacando las piernas al pasillo por no ser para mi talla la reducida distancia entre las filas.

Al arrancar me han ofrecido otro sitio junto a una chica joven que escuchaba música con su móvil. Ha sacado su libreta y ha escrito para mí:

_Do you want to listen to music?

Le he cogido el boli y he escrito un poco más abajo:

_Thank you.
_Whats is your name?

Y la chica ha escrito con cuidado:

_Phuong.







Por el auricular sonaba una canción: How do i live  de la película “Con Air”


Cansado, rodeado de gente dentro del autobús y un infierno de motos en la calle, escuchando la música occidental y disfrutando del gesto de esta joven me he puesto a llorar tan campante.

Mientras, progresamos hacia el norte y miro el cielo apagarse sin hacer escándalo. Mi compañera hace ejercicios de matemáticas, la carretera ya es abierta y anochece sin remedio. Me dejo llevar.

Parece como si Vietnam me recogiera como a uno más.





miércoles, 23 de enero de 2013

Zapatos


 Mi abuela Asunción no dejó nunca de exigir a mi padre la máxima limpieza en el atuendo por más que el chaval correteara en los años 30 por las calles de su pueblo, Moreda, en el que las vías para las vagonetas de carbón era el preferido campo de juego de los niños.

Moreda de Aller 1920
Así que a mi padre de nada le habría servido aprender a limpiar. Lo suyo fue siempre no ensuciarse para pasar revista con la “Señora” (Maestra) sin sufrir daños.

Mi padre estaba limpio a cualquier hora del día. Pero lo que más llamaba la atención eran sus zapatos, que lo mismo volvían impecables de un paseo dominical en la ciudad como de una larga caminata en las caleyas de Aller.

Mi hermano Alberto llegó a sentir tanta fascinación por los zapatos de nuestro padre que por un tiempo asumió motu proprio la tarea, para él deliciosa, de poner en estado de revista sus zapatos. Mi hermano lo recuerda así:

He limpiado muchas veces los zapatos de mi padre. Les daba crema como las mujeres lo hacen alrededor de los ojos, con cuidado, sin hacer daño. Una crema para cada zapato, un cepillo para cada color, una bayeta para pulir su acabado, remedo de aquellos limpiabotas extinguidos por la prisa del mundo moderno y su desdén por los zapatos “

Yo aprendí de mi padre ese sistema de llevar los zapatos siempre limpios por la vía de no ensuciárselos nunca. Como él decía “basta con pisar con cuidado” Y eso es enteramente cierto. Una vez que aprendes a hacerlo ya no tienes que pensar más  en ello y hasta las chanclas salen limpias de un camino veraniego.

Pero hay dos excepciones: Cuando he hecho una travesía a pie por España o cuando he abordado un viaje largo.

Este es el caso. En mi segundo viaje por Asia llevo 84 días de periplo sin haberme limpiado nunca  los únicos zapatos que tengo. Ni aquí hay limpiabotas como en India, ni mi escueto equipaje admite apaños para los zapatos. Como consecuencia, cada vez que miro a mis pies compunjo mi cara y confío en que ni mi abuela Asunción ni mi padre alcancen a fijarse en ese detalle de mi figura asiática.

Hasta hoy.

Hoy comiendo en el mercado de Battambang, una capital de provincia del oeste de Camboya, me he resuelto a terminar con esta situación insostenible. He buscado y comprado una crema de zapatos coreana  y un pequeño cepillo.

Con la solemnidad que merece una esperada restauración he buscado la sombra propicia de un banco de piedra y he dado lustre a mis zapatos hasta que han quedado como a mí y a mi padre nos gusta llevarlos.

Quién dice que dentro de un rato, al final de las correrías de la tarde, no tendremos que subir las escaleras de la casa de Moreda de Arriba y presentarnos para la revista. Mi abuela nos echará sin falta una mirada inmisericorde de arriba abajo pero, ahora, los dos superaremos la prueba y, como de costumbre, nos preparará una cena deliciosa en la mesa de mármol.




viernes, 18 de enero de 2013

Siem Riep/ Los habitantes


Mas allá de la postal de Siem Riep, en cuanto terminan los muros de piedra, está lleno de campesinos, árboles y agua. Los habitantes que siempre han estado allí.

Campesinos viviendo junto al templo de Angkor en 1907
Me he pasado cinco días de un lado para otro buscando momentos en los que llegar a convertirme en invisible. Quedarme quieto mirando alrededor que es, sin duda, cuando más se ve.



El mapa ha desaparecido pronto de mi bolsa. Seguir el río hacia el norte, unos días, y otros hacia el sur ha sido un rumbo cotidiano bien simple de seguir.  Eso y madrugar. Pedalear in-desayunado antes de que el ruido y la luz se apoderen de todo.

De esa manera, casi a oscuras, se viaja vigilante como un animal menor. Si poco antes del amanecer oyes un leve ruido que se acerca a tu espalda, es probable que sea un grupo de campesinas que ruedan juntas en silencio camino de la faena del día. Si lo que oyes es un sonido mecánico y rítmico en la cercanía de un puente será una cansina noria que no consigue descansar nunca. Igual que una música que brota de la nada es probable que anuncie una boda para ese día.

Hasta tú mismo terminas por escuchar los leves crujidos de tus pensamientos, mientras la espesura de la jungla parece que va a engullirlo todo en cualquier momento.



En una de esas rutas de las mañanas he pasado un buen rato añadido como un mirón al juego de cometas de unos chicos. Cometas simples de plástico trasparente y cañas. De un solo hilo, pero ágiles y voladoras.

Otro día he sido invitado a un paseo en barca por la niña del hielo: Una pequeña de no más de 7 años que cuando no tiene otro medio circula por su pueblo flotante en un balde de cinc y cuando el repartidor del hielo le deja lleva bloques en la barca hasta los vecinos.


También he ayudado a una escolar a desembarcar su bicicleta para hacer el último tramo del viaje más allá del agua o me he sentado en silencio a escuchar a los niños de la escuela empezar el día cantando.
Campesinos, árboles y agua. Puede no parecerlo pero es seguro, este sitio es Siem Riep.
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video



miércoles, 16 de enero de 2013

Siem Riep/Los templos

Hace días que tengo la tentación de poner en alguna parte un letrero enorme que diga: Siam Riep. No vengas.


Reconozco que una leyenda así no tiene matices y que no seduciría a las autoridades camboyanas. Tampoco es de esperar que los turoperadores se entusiasmen con el mensaje, pero estoy seguro de que no hay riesgo de que alguno de ellos lea nada sobre mis intenciones.

Más tarde pensé, más a ras de suelo, en los ilusionados viajeros que emplean sus vacaciones y gastan un buen dinero en venir volando hasta aquí, invirtiendo también en equipo, visados y demás gastos. Esos mismos que completan un viaje de 15 horas desde Europa sin contar las escalas o 20 si es en Argentina en donde cogieron el avión. Y eso es solo la ida.

Esas bienintencionadas gentes no se merecen encontrar sobre el terreno un cartel que les anime a desistir de la visita o, peor aún, que de vuelta a casa sus familiares y amigos les pongan una cara que diga: No debiste ir.

Así me he pasado yo unos días, explorando los alrededores de esta ciudad, y de sus famosos templos, rastreando sobre mi bicicleta las desnudas miserias que los rodean. Remoloneando para conseguir engañarme y así verme más como explorador que como turista. Haciendo cálculos sobre el caudal del enorme chorro de dinero que cada día desembolsan los turistas y el inexplicable y misterioso destino de tanta ganancia. Incluso, lo confieso, he estado tentado de desdeñar la visita a cualquier templo, pero yo tampoco me atrevo a volver a casa con la soberbia de haber estado dos meses en Camboya y no haber pisado esas piedras ni tener algunas fotos que lo demuestre. No podía.


Así que, bien mirado, solo me quedaba una posibilidad: Hacer un relato aproximado de lo que le espera al turista desconocido cuando vapuleado por el largo vuelo se ve arrojado a la trepidante Bangkok. Así que nada de carteles ni de consejos. Tan solo unos minutos de lectura.

Tanto si tienes reserva de habitación como si no Bangkok te recibirá con entre una y dos horas de trayecto del aeropuerto hasta tu hotel. A la mañana siguiente bien temprano, las 5,55 si es vía tren, o las 8 para los autobuses, tendrás esas dos maneras de ir hasta la frontera de Tailandia con Camboya.

Ese fronterizo e inquietante momento se producirá sobre las 12 y me ahorro los detalles tan pequeños y numerosos como incómodos. Allí, en la frontera,  no hay capacidad ni ganas de atender bien a los 200 o más turistas que se presentan a la vez y todo el proceso de salir y de entrar durará cerca de las dos horas. Incluso es posible que el rato en que los aduaneros quieran robarte a cambio de darte el obligado visado no se haga demasiado largo.

Está bien. Son las 14 horas y ya estás en Camboya. Ahí fuera hay una mafia compleja y bien urdida de agentes de autobuses y de taxis que te esperan para tratar de sacarte el máximo dinero con la mínima comodidad para ponerte en otras 2,5 horas en el ansiado Siam Riep. No hay alternativa. Si miras detrás de las espaldas de los asaltantes solo hay una larga y polvorienta calle a ninguna parte que no es para ti.

Cuando a las 17 horas, un día entero después del aterrizaje en BKK, te bajes del autobús en tu destino verás una ciudad sin encanto alguno llena de bares, casas de masajes, agencias de viajes, pequeños restaurantes e infinitas motos y taxis para llevarte de un lado a otro. Una hora más tarde, al anochecer, el parecido con LLoret de Mar u otra localidad de turismo y cerveza ya será definitivo gracias al ruido, los luminosos y el atuendo playero que se lleva entre los foráneos una vez que se han despojado de las mochilas.

Aún estás a tiempo de contratar tu visita a los templos para mañana o dejarlo por el momento. Como sea, tu hotel te va a dar unas imprescindibles horas de cobijo. Prepara tu mente para 8 horas de excursión.

La visita a los templos está organizada como una gran procesión de vehículos, sean autobuses o tuc-tuc que llevan a riadas de gentes a los mismos lugares y al mismo tiempo, normalmente en caravana desde la ciudad, a unos 8 kilómetros de Angkor. 

Esa diversión cuesta una entrada de 20 dólares por un día más lo que cobre tu transporte. A cambio verás un extenso catálogo de piedras bien organizadas en las partes de los hermosos templos que se mantienen en pie y otras diseminadas por el suelo, a la vez que no menos de 20 orientales y algunos menos occidentales te acompañarán en todo momento disparando sus cámaras en perfecta armonía con la tuya.

Para intentas librarme de parte del espectáculo me presenté a las 5,50 de la madrugada en el templo de Bayón a riesgo de partirme la crisma manteniendo mi bicicleta sobre una invisible carretera que atravesaba la noche cerrada. Fue muy bonito ver amanecer junto a unos pocos madrugadores más. A las 8,30 la presión de las masas, sus gritos, sus fotos y todo el despliegue logístico que les acompaña ya se hizo demasiado presente. Yo mismo añadí mi figura y mi cámara a la multitud sin remedio.

He hecho mis observaciones y mis cálculos. He escrutado las caras de los trabajadores y ninguno me pareció otra cosa que un empleado mal pagado (entre 80 y 120 dólares al mes por jornadas de 12 horas), no vi a nadie con aspecto de empresario, patrón o similar. Mis cálculos indican que en esta temporada, la más alta, los visitantes diarios serán unos 6.000. Eso significa que solo en entradas se dejarán 120.000 dólares al día y al menos otros 180.000 en el resto de servicios de alojamiento y comida. No hay forma de saber a quienes va a parar todo ese dinero. Son muchos 300.000 dólares cada día para que a solo 2.000 metros de esos templos-minas de oro no haya ni luz ni agua corriente y no se aprecie ningún signo de un mejor futuro para los habitantes de los alrededores.






viernes, 11 de enero de 2013

Champasak


Esta antigua ciudad de Laos en la ribera del Mekong no tiene ninguna posibilidad de convertirse en un destino turístico de moda.

Para ir hasta allí , viniendo desde Vientiane, hay que parar  en la ciudad cercana de Pakse, en la ruta a las cuatro mil islas en el extremo sur de Laos, y eso es algo que quienes ya han estudiado y planeado cuidadosamente su periplo no estás dispuestos a hacer.

Si a pesar de eso te detienes en Pakse, aún debes acercarte al inmenso mercado para coger una pequeña furgoneta en la que viajarás bien apretado hasta Champasak una vez que se ha llenado por completo. Solo funciona por las mañanas.


Al llegar y mirar alrededor puedes pensar que te encuentras en un olvidado pueblo del oeste norteamericano. Una sola calle se extiende de norte a sur, paralela al río, y las casas y los templos se salpican a largos trechos. Entre ellos media docena de guest house básicas. Tan sencillas que es posible que una vez que te dan una habitación y la pagas ya no vuelvas a ver a los empleados y sientas, verdaderamente, que eres el dueño de la casa.

No hay atracciones turísticas en esta ciudad.  Es cierto que hay el templo Khmer de Vat Phu, que, aunque en ruinas es verdaderamente hermoso, pero está a 8 kilómetros de distancia y, de nuevo, los viajeros bajo más de 30 grados no muestran mucho interés por un recorrido tan largo y polvoriento. Es posible que no haya más de 10 bicicletas de alquiler.


Eso sí, está el Mekong y una isla grande en el medio de su curso, pero no hay puente. Eso es una suerte. Tu eliges el horario y cuando quieres pasar un encargado llama por teléfono y, al poco,  aparece un barquero que carga tus bicis a bordo y espera con paciencia a que te equilibres para iniciar una travesía inolvidable del río que, en este trecho discurre lento, ancho y majestuoso.


La isla de Don Daeng no tiene coches y tampoco asfalto. Hay un camino perimetral que discurre solitario hasta que a la salida de clase tropiezas con decenas de colegiales en sus bicicletas. Puedes verdaderamente perderte, atravesar bosques, cruzar barrancos y bordear arrozales. Incluso si tienes sed y suerte puedes dar con un pequeño y escondido bar-tienda ribereño, tomarte una cerveza sobre tablas y sentir la curiosidad de los lugareños devolviéndoles sonrisas universales a cambio.

Al final de la tarde no hay servicios de transporte más que el barquero que a la hora convenida regresa a por su gente y a por sus bicis y las deposita con cuidado de nuevo en la otra orilla. Allí espera el final del día con esas sombras azules que llegan desde el este.


Nuevamente el silencio. La calle sola e interminable. Las conversaciones en voz queda. El alojamiento hecho hogar. El Mekong en su descenso sigiloso.

Verdaderamente Champasak nunca llegará a ser atractivo para el turismo.