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jueves, 12 de agosto de 2021

Camino del Norte

Para mí el viaje es una disposición solitaria al encuentro de lo ajeno, a la búsqueda paciente del reflejo de uno mismo en lo que me rodea. 

Los hallazgos aún se hacen más intensos si el desplazamiento es caminando. Paso a paso. Esos episodios, muchas veces largos en horas y agotadores de fuerzas, en los que sin embargo se recorre poca distancia, unos escasos 25 o 30 kilómetros.

Esta travesía ya concluida del proyecto península ya era la decimoctava caminata desde los inicios en 2009. Casi todas han sido en solitario pero en la más reciente casi han sido la mitad las jornadas que he compartido con otros.

Durante las semanas de preparación fui añadiendo a mis etapas, además de hitos de paso, características y alojamientos, deseos o pequeños objetivos de encuentro, fueran familiares o de amistad.

Santander, a mitad del recorrido, propiciaba toda clase de conexiones, de modo que otros caminantes se incorporaban con facilidad a mi ruta y se desprendían del trayecto a su conveniencia una vez cumplido el propósito.

Los primeros compañeros fueron mis hermanos Alberto y Pío. El primero, Cuérigo (Asturias 1962) es ya un compañero habitual, de tres etapas, en las travesías recientes. Animoso y positivo siempre es enriquecedor caminar con él. Pío, Tetuán 1959, es un caminante cotidiano en su ocio urbano y un avezado y competente andarín en las montañas asturianas. No costó convencerle de que se uniera a nosotros y, inevitablemente, abrió camino en la intrincada geografía vizcaína. Un fraternal y gran equipo.

Desde Bilbao a Santoña recuperé mi cadencia de caminante y el apacible ritmo del pensamiento unas veces sereno y otras bullicioso. 

Bajo la amenaza de la lluvia se incorporó al camino mi hija mayor, María, que ya me acompañó en el camino de sirga del Canal de Castilla. En muy buena forma María te mantiene alerta y más que entretenido con su animada conversación, proyectos, ensoñaciones y toda clase de utillaje de su amueblada cabeza. Discrepamos en la elección del alojamiento: yo empeñado en pernoctar en el concurrido albergue del Abuelo Peuto y ella en buscar un hotelito rural con encanto. Me salí con la mía por los pelos J

Batidos por el viento recorrimos los últimos kilómetros sobre los acantilados de Langre hasta alcanzar en la bruma el solitario embarcadero de Somo. Los caminantes alcanzaron a paso vivo el refugio de las nietas y la bonita casa de María.




El relevo de mi hija fue fruto de una iniciativa de algún tiempo atrás para sacar a un viejo amigo de las sombras del dolor, siquiera fuera por unas horas.

Mi nuevo compañero, Alfredo, se incorporó a la travesía en Santa Cruz de Bezana. Caminante cotidiano de paseos cortos se incorporó resuelto a una etapa bastante larga. Casi no sentí la distancia enfrascado en nuestra conversación que, por momentos, parecía una continuación de cualquiera de nuestras pláticas anteriores, en tantos años de compartir los despachos de Educación.

Me hubiera gustado seguir camino de Asturias con el amparo de su compañía pero, a pesar de la invitación a continuar de su mujer, Alfredo fiel a sus planes decidió volverse a casa.

A partir de Santillana mi caminar sigiloso discurrió en solitario por las pequeñas carreteras y caminos de los confines occidentales de Cantabria. Comillas, San Vicente, Unquera…

En un Albergue de La Franca compartí alojamiento con tres jóvenes y al día siguiente coincidí con una de ellas en desbrozar sinuosas y fatigosas sendas costeras hasta alcanzar Llanes.

Más adelante, terminé compartiendo etapas y alojamientos con dos jóvenes de Huelva animosos y llenos de energía que en algún tramo debieron dejarme atrás para que recuperara el aliento. Con todo, era una inspiración caminar con Cristina y Alex y ponerme al tanto de sus proyectos, tan extensos como para ocupar la larga vida que tienen por delante.

Cumplida la décimo octava etapa caminé un trecho al despuntar el día hacia La Laboral de Gijón, meta de mi empeño por esta primavera.

Ya puedo mirar el final cercano de mi aventura de caminar todo el perímetro de la Península Ibérica desde Port Bou a Irún. Apenas me quedan por delante dos travesías: la que continuará por el norte desde Gijón al cabo de Finisterre y la que cerrará el recorrido mediterráneo desde Gandía al cabo de Palos, en Murcia.

Confío en conservar la energía para emprender nuevas caminatas, aunque sea en proyectos más pequeños.



 




 


sábado, 1 de junio de 2019

Canal de Castilla

Un viajero solitario siempre recibe parecidas preguntas de la gente en cada encuentro. Después de la respuesta a si tengo hijos añaden con cortesía: 

_Y ninguno se anima a viajar con usted?

_De momento no, les contesto. Están en otra época de la vida ocupados en resolver variados asuntos.

Así que me quedé sorprendido cuando mi hija mayor, María, mostró su interés en acompañarme en la anterior caminata desde Granada a Ronda. Al menos en una parte de la larga travesía.

Granada quedaba lejos del norte de España y la experiencia de caminar largas etapas y seguidas era nueva para ella. No me pareció una buena ocasión para iniciarse.



Parecía más oportuno hacer una prueba corta y cercana.

Es así como en el apacible mayo, tras una breve planificación y el repaso de un equipo ligero nos encaminamos con decisión a hacer un par de etapas del ramal norte del Canal de Castilla, al norte de la provincia de Palencia: desde Herrera de Pisuerga a Osorno y desde aquí a Frómista.

Admirable la determinación de mi hija mayor, una mujer de 37 años en buena forma física pero que no conocía las sensaciones de miles de pasos, más de 40.000, en una larga jornada que aún te coge caminando cuando hace 8 horas que te has puesto en marcha. Ni sabía de la persecución del sol que te sigue con ahínco en tierras como aquella de raras sombras. Tampoco el tiempo lento que te invita a asimilar lo que estás sintiendo. Al fin, el reto de la soledad permanente con los únicos encuentros, sonoros pero poco visibles, de pájaros y anfibios sorprendidos. 


Para mí las sensaciones eran buenas pero extrañas. Acostumbro a caminar en solitario, en silencio o canturreando, sintiendo mi cuerpo sobre el terreno y como la nada se apodera de mi cabeza hasta que mi pensamiento se hace líquido, distante y mínimo.

Y resulta que en esta primera ocasión que camino con una hija es el lazo progenitor el que hace que esté más cerca de duplicar mi caminar solitario que de la constancia de tener compañía ajena. 

Me recreé a menudo, con simplicidad, en una emotiva idea: Viajábamos como nómadas , sin destino cierto, en la expresión mínima de una tribu: Dos humanos, padre e hija, en busca de un grupo más numeroso en el que guarecerse. Quizás ha pasado esto mismo, miles de años atrás, antes de que nos hiciéramos sedentarios.

Claro que los dos días pegados al camino de sirga del canal han tenido multitud de anécdotas que se quedarán por algún tiempo en nuestro recuerdo hasta desvanecerse en la memoria. Pero he querido quedarme con estás pocas reflexiones a compartir entre padre e hija, novatos en caminar juntos y felices de hacerlo.



Para ver el recorrido picar en estos enlaces:

Relive de Herrera a Osorno

Relive de Osorno a Frómista

Para ver la guía del Canal de Castilla picar en este enlace:

Guía del Canal







jueves, 22 de junio de 2017

Alberto

Dicen nuestros hermanos que Alberto es el único de los cinco que es geográficamente europeo. Los demás, somos españoles nacidos en África, como los canarios.

Digo yo que será esa condición ilustre, la de un europeo de Asturias, lo que le hace tan duro de pelar, entre otras gracias.

Hace años que se interesa por mis proyectos de viaje, sobretodo si es a lugares cercanos que le permitan acariciar la idea de unirse, aunque sea por unos días. Ya hicimos dos viajes extraordinarios a Marruecos, de mochileros, con dos de nuestros hijos el de 2008 y el segundo con otro chico suyo en 2012.

Pero el primer reto serio vino cuando le esperé en Marraquech para asaltar juntos en bicicleta el Atlas, en 2013.

Caminar también le ha interesado y este año, en la costa portuguesa más a tiro de Madrid, se ha apuntado a tres etapas, para no desatender su trabajo.

Alberto es fuerte, pero creó que continuados esfuerzos de juventud en la exigente academia militar del Talar le han dejado averías, de las que esperan silenciosas durante años.

El cuerpo de Alberto se pone a darle la lata a la primera oportunidad. A los 5 kilómetros de haber empezado la etapa, pongamos. Y luego todos los rincones de un cuerpo tan grande, en orden, quieren su momento: la esquina de un dedo, las ampollas, el hombro, la espalda. Un concierto.

Pero van pasando los kilómetros, las horas y los castigos y él no afloja en ningún momento, no se queja, no maldice, no pide tregua. Aguanta.

Camina delante de mi. Con sus molestias pero con su paso consistente. Llegó a olvidar que mi experiencia está para protegerle. Yo tan sólo le miró caminar y me hace sentir muy bien.

Le sigo.

Ver vídeo: https://youtu.be/JiCkD8RxFPU

miércoles, 14 de junio de 2017

Ni puntos ni rayas

Camino sin justificación alguna. A menudo he pensado que fueron los estímulos geográficos de mi padre los que me hicieron acoger el periplo de la Península Ibérica como un proyecto. Puede que demasiado grande para mi.


Apenas recuerdo alguna frase de una canción de Rosa León, de los primeros setenta, que trataba del amor de dos jóvenes separados por ríos y montañas, por puntos y rayas que habrían de saltarse para el reencuentro.

Miraba hoy el bosque que tenía delante. Pinos, alcornoques, monte bajo de secano. Y pensaba que en los caminos no había separaciones, ni barreras, ni fronteras entre municipios o regiones o países. Ni puntos ni rayas.

Cuando miro hacia delante y puedo recorrer cientos de kilómetros de una misma cosa. Homogénea, rica en huella humana, en trabajo. Es esta Península nuestra.

Ver vídeo del secarral

Para escuchar la canción Punto y Raya: https://youtu.be/BwpEuzikm9Q


jueves, 9 de junio de 2016

De vuelta


Hoy me he despertado de vuelta a la vida normal.

Cuando dejo de caminar, como de pedalear sobre la bicicleta, llega este día de cambio, de desconcierto.

Parece ser que el viaje ha terminado. Un reto que se ha conseguido y habría que celebrarlo. Pero, en realidad, yo no veo una línea en el suelo que diga "meta".



Siento tan sólo una suspensión, un tiempo de descanso, y al levantar la mirada del suelo trato de imaginar hasta donde llegaré la próxima vez.

Hoy toca volver a los días confortables. Regresar a la vida bien organizada y alejada de la intemperie de los caminos. Descanso para el cuerpo y alivio a la soledad de estas jornadas de junio.

Amor, familia y amigos. Ahí está de nuevo mi recompensa.

Vamos ahora a "andar" la vida.




martes, 7 de junio de 2016

Etapas largas

Llamó así a las jornadas en las que camino más de 30 kilómetros. Para mi son "etapas reina",  en homenaje a los días duros de los ciclistas de ruta.

En esta sesión portuguesa de Península, para doblar al fin el Cabo de San Vicente,  he hecho dos de estas etapas. Una el sábado desde Raposeira a Arrifane de 35 km y otra ayer de Ocedeixe a Almograves de 32 km. En los días días hacía calor, aunque moderado

Hay que pensárselo bien antes de lanzarse a esas distancias. Las cuatro reglas adicionales de mi preparación que sigo para estos casos son:

Preparar la tarde anterior tres raciones de espaguetis con carne y tomate. Una para cena, otra para desayuno y la última para el camino.

Empezar y terminar la jornada lo antes posible e intentar no sobrepasar las 8 horas en ruta.

Ser riguroso en los descansos. 5 minutos cada hora, sin sentarse, y dos descansos intermedios mayores de 20 minutos para comer y 20 para el café+cocacola de la sexta hora.

Mantener en todo momento la concentración y alimentarla de estímulos positivos.

Tantas horas caminando sólo dan para mucho. A veces me crezco y pienso en alcanzar el hito de los 40 km pero al siguiente rato me entretengo quitándome tan peregrinas ideas de la cabeza.

Quien sabe!

jueves, 2 de junio de 2016

Me guarda el silencio


La mayor parte del tiempo transito por caminos vacíos.

Es verdad que en algunas playas o en pequenhos pueblos costeros se agitan los primeros turistas de la temporada pero en tantos kilómetros puede decirse que no hay nadie.


Todo el ruido sale de mis pasos: el golpe ritmico de mis palos contra el suelo, la caída suave de mis botas a cada paso y el aire silencioso que choca con mis orejas.

Afuera, es el silencio el que me guarda. El que se queda cuando ya me pierdo en un recodo



lunes, 23 de mayo de 2016

De nuevo en camino. Península.

Vuelvo a las andadas, nunca mejor dicho :-)

En dos días regreso al sur. Retomaré en Ayamonte la ruta hasta el Cabo de San Vicente que dejé atascada el año pasado por una lesión en el pié. Confío en haber aprendido de los errores de entonces.

¿He hecho los deberes? Creo que si.

Lo primero fue jubilar a mis viejas botas que llevaban ya un montón de viajes y comprar otras que he ablandado con paciencia desde el verano pasado.


Además, este año he entrenado a conciencia: Han sido 41 sesiones desde que volví de México a principios de febrero. Desde inicios de marzo abandoné la bici y tan solo he caminado. Habré entrenado en este tiempo unas 70 horas y recorrido más de 350 kilómetros. En mayo añadí a mis entrenos los palos nórdicos y la mochila en lastre de 5 kilos. Predominantemente subiendo y bajando de la sierra cercana a casa.

También he mejorado mi equipo con una nueva mochila con adaptación a mi espalda y he suprimido el equipo de acampada a excepción de un saco de dormir ligero.


Mi hoja de ruta tiene ahora etapas menos ambiciosas y un comienzo más moderado en las distancias a recorrer. Ya tengo afinadas mis primeras noches, entre albergues de juventud portugueses, acogedores y económicos,  y la hospitalidad de mis amigos de couchsurfing en Olhao, Faro y Loulé.  

Vuelvo confiado a Península, mi gran viaje de pequeños pasos.  Me parece que esta es la undécima vez que me pongo en camino para intentar recorrer el contorno de la península en la que vivo.  Pura geografía.    
 

Los días son largos en mayo y un aire limpio invade los caminos. Las mañanas caminando junto al mar se hacen tibias y azules. Es hora ya de encontrarme de nuevo en Portugal, entre portugueses calmados y pacientes. 

Estoy preparado para saborear sus secretos.

martes, 5 de mayo de 2015

Caminando

Buena parte de mi equipo de viaje ya está guardado y no me va a ser necesario en esta travesía. Mi leal bicicleta cube, que rodó sin quejarse por la América austral se va a quedar colgada esta vez. Me voy a pie. Caminando.

Voy a hacer otro tramo de mi recorrido al perímetro de la Península Ibérica, Un proyecto que, de tan largo que es, bien merece que se recuerden las palabras de Atxaga: "A los 60 años te das cuenta de que hay proyectos que ya no podrás hacer" En mi caso seguramente no llegue a terminarlo pero.......es seguro que alguien lo hará por mí.

Recorrer el contorno de esta península en la que vivo empezó en julio de 2010. Me fui en tren hasta Port Bou, en Gerona, y tome el camino de ronda hacia el sur. No es más que otro sueño de niño, pero este es de esos que se llevan a cabo:

Península. Un sueño

En el mapa grande se pueden ver los tramos del proyecto y la época en que se llevaron a cabo. Mañana empiezo un tramo más pero es por completo diferente. Primero porque, al estar acompañado de Nuria en todas las travesías desde el invierno de 2010, es de nuevo una caminata en solitario. Segundo porque planeo superar los 15 días seguidos de ruta y esos son muchos días. Nunca había pasado de 8 de una vez. Y por último, la distancia a recorrer es grande: cerca d los 400 km. Por tanto, como en el sur de América, es posible que me falte determinación y tenga que renunciar si llega el caso..

Este es el mapa provisional:


Saliendo de Sanlucar de Barrameda, en la provincia de Cádiz, bordear Doñana y toda la costa de Huelva. Atravesar luego el Guadiana para entrar en Portugal y recorrer el Algarve por Faro, Albufeira y Portimao hasta Segres y el Cabo de San Vicente. Por último, si hay fuerzas para entonces, comenzar la ruta hacia el norte de la larga fachada atlántica de Portugal.

Llevo un equipo ligero de acampada, otro reducido de cocinar y muy poco más. Así he conseguido reducir el peso total de la mochila hasta los 8.100 gramos que, para mi talla, es bastante llevadero.

 La previsión del tiempo es buena con días soleados, temperaturas altas para la época y noches no demasiado frescas.

En fin, llevo en la cabeza nuevas cosas en que pensar en las largas horas de caminatas diarias: yoga, zen, meditación. La culpa es de mi última lectura: "Viaje por la India" de Gary Snyder

http://www.jotdown.es/store/#!/Viaje-por-la-India-La-generaci%C3%B3n-beat-descubre-Oriente-Libro-+-ebook/p/44830921

Ahí vamos

viernes, 18 de enero de 2013

Siem Riep/ Los habitantes


Mas allá de la postal de Siem Riep, en cuanto terminan los muros de piedra, está lleno de campesinos, árboles y agua. Los habitantes que siempre han estado allí.

Campesinos viviendo junto al templo de Angkor en 1907
Me he pasado cinco días de un lado para otro buscando momentos en los que llegar a convertirme en invisible. Quedarme quieto mirando alrededor que es, sin duda, cuando más se ve.



El mapa ha desaparecido pronto de mi bolsa. Seguir el río hacia el norte, unos días, y otros hacia el sur ha sido un rumbo cotidiano bien simple de seguir.  Eso y madrugar. Pedalear in-desayunado antes de que el ruido y la luz se apoderen de todo.

De esa manera, casi a oscuras, se viaja vigilante como un animal menor. Si poco antes del amanecer oyes un leve ruido que se acerca a tu espalda, es probable que sea un grupo de campesinas que ruedan juntas en silencio camino de la faena del día. Si lo que oyes es un sonido mecánico y rítmico en la cercanía de un puente será una cansina noria que no consigue descansar nunca. Igual que una música que brota de la nada es probable que anuncie una boda para ese día.

Hasta tú mismo terminas por escuchar los leves crujidos de tus pensamientos, mientras la espesura de la jungla parece que va a engullirlo todo en cualquier momento.



En una de esas rutas de las mañanas he pasado un buen rato añadido como un mirón al juego de cometas de unos chicos. Cometas simples de plástico trasparente y cañas. De un solo hilo, pero ágiles y voladoras.

Otro día he sido invitado a un paseo en barca por la niña del hielo: Una pequeña de no más de 7 años que cuando no tiene otro medio circula por su pueblo flotante en un balde de cinc y cuando el repartidor del hielo le deja lleva bloques en la barca hasta los vecinos.


También he ayudado a una escolar a desembarcar su bicicleta para hacer el último tramo del viaje más allá del agua o me he sentado en silencio a escuchar a los niños de la escuela empezar el día cantando.
Campesinos, árboles y agua. Puede no parecerlo pero es seguro, este sitio es Siem Riep.
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jueves, 19 de agosto de 2010

Boipeba

He cambiado la quietud de la playa por un caminar incesante, a través de esta isla de Boipeba. Camino en todas las direcciones. Vigorosamente. Casi sin que lleguen a formarse en la arena de los caminos las huellas rápidas de mis pisadas. (oír música)


Tanto ha batido mi pulso en las veredas de esta isla que ahora, como decía un poeta portugués, si que puedo decir de nuevo que una isla es como un corazón rodeado de mar por todas partes.

En solitario. Soy el único intrépido que se adentra en las matas a esas horas centrales del día en las que la búsqueda de la sombra y la quietud son obligadas reglas de salud pública. He sido perseguido en todo momento por el sol cegador que hace blanco el aire y embarga el cielo hasta casi desteñirlo.

Boipeba es casi llana, arenosa en cualquier dirección que se tome, sin carreteras y sin más motores en tierra que los que empujan a los tractores agrícolas que hacen el único transporte posible de “larga distancia” a través del suelo blando. Los trayectos cortos son para las carretillas de una rueda y propulsión humana. También hay burros y mulos con sus alforjas y, algunos, tirando de carros ligeros.

En una isla tan pequeña solo hay lugar para lo imprescindible. No hay policía alguna ni oficina de correos. Ni un solo obstáculo enmaraña las calles: no hay postes, ni señales, ni bancos, ni vados, ni alcantarillas, ni publicidad alguna.

Lo que si hay es una red fina, casi transparente, como las de los pescadores de playa, que relaciona entre sí a los casi mil habitantes que viven permanentemente en esta isla. Nudos de conexión entre la gente y una voluntad tejedora de los moradores que, como costumbre, preguntan a unos por otros sin excusa ni curiosidad, sin que haya urgencia o mensaje alguno que darles.


Al anochecer, las calles se hacen aldea de penumbra mientras el paisaje se desdibuja y la isla vuelve al silencio. Los nativos, que es como se llaman a sí mismos, salen de las casas a pasear de un lado para otro, se detienen a tomar alguna cerveza, a hacer las pequeñas compras y a preguntar los unos por los otros….


P.D. De Boipeba se puede salir de dos maneras y ambas, naturalmente, por mar. La primera es una lancha rápida que lleva a Valenca, en el continente. El trayecto dura una hora y la tarifa depende de si se es nativo, 8 euros al cambio, o si se es no nativo 14 euros.

La otra manera es la que empleé yo. Una lancha, nada rápida por cierto, te lleva en una hora a Torinhas que es menos que una aldea portuaria en otra isla mayor que Boipeba; allí te coge al rato un autobús que, por una pista de tierra, te acerca a Valenca en otra hora y media más a través de una selva. En este itinerario de casi tres horas solo hay una tarifa de 5 euros única para todos. Solo había pobres entre los pasajeros. Es simpático el nombre de este servicio de transporte: Expreso de Boipeba

    .../...

jueves, 12 de agosto de 2010

Mata Atlántica

Hoy es sábado. Este es el día más extraño desde que estoy en esta ciudad. Mi sorpresa tiene que ver, lógicamente, porque he salido al fin de mis dominios urbanos. (oir musica)

Hoy era el día previsto para echar un vistazo al "proyecto" de Lázaro Faría, mi patrón, de recuperar el antiguo acceso a la playa del predio. En principio es solo tomar nota de la situación, valorar soluciones y alguna otra acción preliminar.

El pequeño rascacielos en el que vivo, construido en los años 50, tenía en aquel entonces una senda de acceso hasta la playa que está a pocos metros, quizás 100, pero con un declive de 60 0 70 metros. Los modernos edificios contiguos tienen elevadores en plano inclinado que llevan a los vecinos hasta el espigón en el que abordan o descienden de sus barcos. En nuestro predio el camino dejó de usarse hace décadas.


A mí no se me ocurrió mejor atuendo que los pantalones thai, mis zapatones naturalmente y la camiseta de gas natural de mi hermano Alberto.

Cuando vi a Lázaro llegar con dos escaleras de madera gigantes, una madeja de cuerda gruesa y espesa como las de los escalador de finales del XIX y, sobretodo el recubrimiento de aquél hombre con un mono de piloto de color jungla y unas botas de montañero......me hicieron recordar aquella película de E.T. en la que cuando empieza a girar la cabeza el extraño la niña que le observa impresionada dice: aquí va a pasar algo!!

La aproximación por los sótanos del predio resultaba un riesgo para cualquier observador. Viejos hierros oxidados y cortantes sobresaliendo de los muros, tapias de más de tres metros, un foso que había que atravesar a más de dos metros de altura sobre un reguero empedrado…..Pensé que el seguro que me había hecho mi hermano no aceptaría de ninguna manera un siniestro en condiciones tan extremas.

Al superar las defensas de la casa y tomar tierra en la ladera hacía una temperatura, una humedad, un color y un sonido que no había experimentado nunca. Era una mata atlántica con sus bambús abandonados a su esplendor, plantas gigantes con hojas verde oscuro, lianas colgando de todas partes, troncos muertos. Me precedía Lázaro cogido inestablemente de una cuerda mientras yo, más reservado, le seguía con un machete de sesenta centímetros que él había insistido en poner en mis manos.

Pensé………….tanta vacuna y tanto seguro y aquí me va a comer una pitón en cualquier momento.

Lázaro bajaba más decidido y rodando por el suelo cada poco. Yo iba más lento pero seguro. A un punto, él desapareció por completo trocha abajo.......´.

Me vi allí solo a mi ventura, acalorado, fuerte, tan vivo como las plantas que me rodeaba. Agradecí tener esta oportunidad de contacto feroz con la naturaleza y me sentí bien recibido y tratado por ella.

Blandí el machete con cuidado, tumbé ramas y desbrocé cuanto puede…...hasta que pasaron unos minutos y oí gritar mi nombre desde abajo: Yosé, Yosé………......

Bajé con algo más de premura y a las voces de Lázaro llamándome se unieron las de algunos niños. Al poco, tres chiquillos negros en bañador y descalzos preguntaban si yo era Yosé como si fueran Stanley encuentro de Livingstone. Se miraron entre ellos y se dijeron: Se ha perdido!!!

Bajamos los últimos 30 metros de ladera y de un salto a las rocas, la playa y Flabio, un negro de la Favela contigua que charlaba con Lázaro. No puede bañarme porque no tenía nada debajo de los thai y en Brasil no les hace ninguna gracia el nudismo.

Buscamos más tarde con ahínco las trazas de un camino que ascendiera…...pero fue en vano. No quedaban siquiera restos. La subida fue dura y resbaladiza. Cuando alcanzamos los muros de nuestro predio y parecía que había terminado la aventura....alguien había puesto un candado a la verja de protección. No había nadie cerca. Presidiarios?

lunes, 26 de julio de 2010

Extremadura

Hace unos días eché mano de mi mapa Michelin uno un millón de Espanha-Portugal para trazar las rutas posibles de un viaje. Al menos dos alternativas que ofrecer a mi hija Carmen que con su chico, Manu, se irán en unos días desde Madrid camino del oeste hasta el océano al que siempre está mirando Portugal.


Ese viaje de los chicos me gusta por varios motivos: porque son una pareja joven y feliz que viaja por su cuenta, porque han elegido por destino ese país de cara y sentimiento que tanto me emociona y porque van en un Golf antiguo que es la segunda mejor manera de recorrer la península, después de ir caminando, claro está.

Pero con todo, lo que me empuja a escribir, a buscar fotos y a entrecerrar los ojos es que recorrerán Extremadura. La costa de Aveiro es un buen destino, pero esa región española inmensa es el ingrediente principal del viaje.

Tan hermosa que cuesta elegir una sola ruta. Yo he probado a hacerlo hoy con dos entre tantas: la que entrando desde Ávila por el puerto de Tornavacas desciende atravesando a trechos el río Jerte hasta Plasencia, la vieja ciudad de noches silenciosas y milenarias. Bordear luego el pantano buscando las laderas secas de Las Hurdes y la Sierra de Gata para perseguir el final de cualquier día en la quietud de Penamacor ya en Portugal.

La otra ruta transcurre por la ladera sur de Gredos, por la Vera, hasta llegar a Malpartida y el hundido verde del Tajo en Monfragüe. Luego el calor intenso de los Baldíos hasta alcanzar la atalaya portuguesa de Marvao.

Qué difícil elegir! Días largos de pisar la tierra entre los restos de las cosechas, de contemplar los ríos interminables y respirar el aire caliente a la sombra naranja del descanso de los alcornoques