El bosque y la montaña parecía como si me engulleran con parsimonia para devolverme quien sabe en que paraje. El aire era silencioso, mojado de tanto en tanto por el ruido de las cascadas y allí, en esa sola compañía, vas tú envuelto en tus pensamientos como si fuera un cortavientos, la mirada fija en el ripio como navegante que sortea escollos y bajíos y el paisaje deseoso de que pases de una vez y quede todo de nuevo en nada y en nadie.
Tras 51 km., sin poesía alguna, me eché a un lado y me dispuse a pasar la noche en el refugio Shelter. Es una cabaña de madera hecha con más buena intención que maestría pero con chimenea, mesa y catre. Eso si, bien ventilado por todas las rendijas posibles. Pudiera ser que esa noche no hubiera nadie en medio centenar de kilómetros a la redonda si no hubiera dejado a un ciclista Loreno al borde de la carretera, un kilómetro atrás, cuando el cielo parecía que se echaría definitivamente a llover.

La mañana se alegró con la llegada de la familia de expatriados franceses que había conocido el El Mosco y mi amigo Diego, flamante a bordo del mismo vehículo. Me persuadí entonces de seguir hasta Caleta Tortel y les perdí de vista al otro lado del fiordo Mitchel. Llegué pronto al pueblo, en la desesembocadura del río Bayer y, pese a las informaciones y las muchas escaleras que hay por doquier, me animé a portear bici y equipo y armar mi carpa en el camping. En efecto el lugar carecía de sanitarios, agua corriente y cualquier confort por lo que le concedí al momento el título del peor camping del mundo que yo haya probado......desde 1976!!!
¿Negro el panorama? No. En absoluto. Ahí estaba Paulina. A escasos 100 metros del terreno estaba la humilde casa de esta mujer que suministraba a los viajeros de todo lo que el camping les negaba; los baños, una ducha caliente a precio asequible, el agua potable para cargar tus botellas, comidas y cenas por encargo a dos euros y sopaipillas. Esta delicia chilena es un pastel con apariencia de empanadilla rectangular, hecho con una masa semejante a los churros pero más ligera y con el interior hueco. Todo ello rebozado con abundante azucar pulverizada que aquí llaman flor.Si. Me comí unas cuantas. De hecho cada vez que pasaba me daba el gusto.
