lunes, 26 de noviembre de 2012

Kampot

Acabo de llegar a esta cuidad y no me ha dado tiempo más que para buscar hotel y lanzarme a identificar y ponderar los lugares para aprovisionarme: Un taller de alquiler de bicis, un bar para el desayuno, un chiringuito para la sopa del mediodía, un comedor de cena sencilla y cosas así.

Kampot se ha desvanecido al atardecer y la población local ha desaparecido a sus quehaceres domésticos.

Han quedado tan solo dispersas ascuas de luz en la penumbra de las calles para cobijar a los turistas, saciar su hambre, encender su tabaco, y rellenar sus copas. "One more beer"

Trozos de luz.

He encontrado, también, el pedazo de luz blanca de un pequeño hospital






Hospital de Kampot




sábado, 24 de noviembre de 2012

Antes de la ciudad


 Sihanoukville antes de 1960 ni tan siquiera se llamaba así. Se llamaba Kompong Som.

El Rey Sihanouk en París, 1946
Y tampoco era una ciudad portuaria e industrial. Esta condición es la consecuencia de la voluntad de la Camboya independiente  de disponer de un puerto en aguas profundas y abandonar la dependencia de Vietnam y el tráfico marítimo a través del río Mekong.

La península en la que se asienta la ciudad no solo tiene una profunda y protegida bahía. También hay varias playas de arena clara y fina en el borde de un mar normalmente en calma. Es por esta gracia que la ciudad se hizo turística y atrajo desde mediados de los años 60 a trotamundos occidentales y, más tarde, a turistas de sol, playa y exotismo. Hoy en día lo que más abunda son rusos que viven a 9 horas de vuelo pero a más de 40 grados de diferencia de temperatura.


Este pedazo de Camboya, relativamente periférico y alejado de la capital Phnom Penh, tenía un carácter, antes de que sucedieran tantos cambios, que creo que no ha perdido. Eso sí, hay que buscarlo. 

Tejedoras de redes
Está más allá de las grúas, a unos kilómetros de carretera casi impracticable que no da más servicio que a unos pocos poblados de pescadores justo en la dirección contraria a donde se encuentran las playas.

He dedicado unos cuantos días a explorar estos lugares. Pedalear, mirar, comer, sacar fotos, sudar, oler cada rincón, dejar pasar las horas tórridas. Nada del otro mundo,  pero sin duda se deja mirar tal y como podría ser vista antes de que aparecieran tantos cambios.
Se trata de un mundo sencillo en el que todo lo necesario está a mano: si se descarga de pescado un barco aparecen manos para el trasiego, mensajeros con hielo picado para sepultar con frío a las capturas, mujeres de lonja para la venta de peces a pocos metros del muelle, reparadoras de redes, carpinteros de rivera, talleres para el mantenimiento de los motores marinos. Y así un sinfín de oficios sencillos y con apariencia de ancestrales.

En unos escasos 10 kilómetros hay cuatro poblados. Luego una playa perdida y vacía que no sirve para la pesca. Más allá ya no hay nada, ni siquiera carretera. Se termina el mundo habitado. El mismo que había antes de la ciudad.





Hun Sen Beach





martes, 20 de noviembre de 2012

La Gare de Sihanoukville


En la actualidad Camboya no tiene ningún tren de pasajeros en servicio. 

Estación de Phnon Penh
El el siglo XX se construyeron dos trayectos: el de Phnon Penh-Poipet en la frontera oeste con Tailandia, iniciado por los franceses en 1933 y el de la capital del reino a Sihanoukville a principio de los años 60, para dar servicio al reciente puerto de aguas profundas. La guerra en los años 70 y el abandono terminaron por suspender cualquier comunicación ferroviaria a partir de 2009.

La Railways Station de Sihanoukville parece un cadáver embalsamado. Casi desmantelada en su totalidad, sin vías, sin señales, sin material rodante alguno, el edificio de la estación se mantiene ennegrecido por el monzón pero en pié y, curiosamente, está durante todo el día custodiado por vigilantes. 


Railways Station of Sihanoukville

Bien podrían haber encomendado la protección de las instalaciones a cualquiera de las varias familias que han adaptado algunas dependencias como vivienda, tal y como sucede con el pabellón de aseos o las oficinas de despacho de billetes. Incluso alguien ha instalado un pequeño huerto en el amplio andén principal.


En algún momento, absolutamente imprevisible, la estación volverá a la vida porque en sus aledaños se apilan las traviesas de hormigón, los moldes de acero, raíles y sacos con piezas de sujeción y, a unos cientos de metros sobre la plataforma de tierra roja, aparece de improviso la vía armada sobre una capa de balastro esperando ser tendidos sobre la subestructura.

Una compañía australiana tiene la concesión para construir y gestionar los ferrocarriles de Camboya. 

Collanzo. Asturias. España 1950
Se parecen mucho las estaciones en desuso en cualquier parte del mundo. 

Hasta el mismo día en que dejaron de aparecer los trenes la actividad era completa aunque se pudiera notar que languidecía. Pero el día en que ningún tren llega tampoco lo hacen los viajeros, ni quienes vienen a esperarles. Todo empieza a quedar en silencio, a alejarse de la memoria de todos. Sombra decrépita e inhabitada.

No conozco el camino inverso. El regreso de una estación a la actividad. Horarios, relojes, taquillas, bancos, carretillas, trenes, viajeros. Acción!




Las vacas que transitan cada día por la plataforma tendrán que buscarse otro camino.



domingo, 18 de noviembre de 2012

Superpuesto


El modo de vida al que estamos habituados en España nos suscita muchas dudas de un tiempo a esta parte. Es la incertidumbre sobre si será sostenible en el futuro. En especial, sobre si habrá trabajo para que todos puedan desenvolver su vida como mejor les parezca.

Por mi edad, he asistido en este largo tiempo a la sustitución de unas actividades laborales por otras, de unos trabajos extinguidos por otros emergentes: la sustitución de braceros por máquinas recolectoras, panaderos de horno en cada pueblo por gasolineros cociendo con urgencia panes perfectamente congelados y así con infinidad de ocupaciones, sustituyendo al tiempo las maneras de vivir...

En Asia me llama poderosamente la atención, sobre este mismo asunto, el que, aparentemente, la modernidad no sustituye sino que se superpone sobre lo que ya existía.

Las formas de vida aquí cambian también y es seguro que unos trabajadores migran a las nuevas faenas en nuevos lugares, pero otras personas permanecen en sus viejos oficios y, como sus formas de vida, se quedan en donde estaban.

Es como si la transición a la modernidad se hiciera en Asia por un plano inclinado, poco inclinado, dispuesto como un mecanismo de adaptación largo y ancho. Por comparación, nuestro generalizado modo europeo de progreso parece una escalera con todas las de la ley. Y a la postre, ni siquiera sabemos ahora si sube o baja.

He observado que la superposición es común en algunos de los países del mundo que más crecen en la actualidad: Brasil. India y Tailandia.


Esta foto es de Sihanoukville, en el sur de Camboya, y muestra como los perfiles de un moderno puerto de contenedores ha cambiado el horizonte del pequeño poblado de pescadores que está a pocos metros. Pero las barcas subsisten.

Flota pesquera en Algeciras años 60
En los años 60 cada pequeño pueblo costero de Cádiz, tenía una numerosa flota pesquera de todos los tamaños, alturas y bajuras. Lo mismo sucedía en todas las localidades costeras de España. Por entonces se iniciaban las dos décadas brillantes de la construcción naval en la Bahía y de toda su envoltura industrial.

Ya no hay flota pesquera. Ha sido sustituida por una industria insuficiente y el desempleo. Si acaso en algunos despachos se intenta apurar la compra de alguna cuota más en caladeros más o menos remotos.

Caminando una mañana de verano, llegado a Calpe, hacía dedo al borde de la carretera para regresar hasta Moraira. Se paró una furgoneta y me subí. Acompañados por un intenso olor a pescado, e
l conductor y su padre hacían el retorno a su pueblo, al oeste de Almería, después de haber viajado toda la noche más de 400 kilómetros para traer pescado a vender en los pueblos de la costa de Alicante.


De todas formas, yo soy muy optimista sobre nuestro porvenir y pienso, como asegura Punset, que cualquier tiempo pasado fue peor.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Calores


Cada vez que el calor amenaza con desbordarme recuerdo a mi padre sofocado y con aire de desesperación en Arbadua, la antigua frontera entre los protectorados español y francés de Marruecos unos kilómetros al sur de Alcazarquivir.

Apuntes localizados por Albertito en 2012
Mi padre, muy prudente en sus viajes cuando de pasar la frontera se trataba, debió encontrar una motivación extra para adentrarse tanto en el país en un viaje de un solo día y en época tan apurada para los calores como es junio o julio, no lo recuerdo bien.

El caso es que allí nos fuimos los 6, sobre el año 66 aproximadamente, en nuestro FordCónsul, con los enseres propios de una salida dominical: viandas ya cocinadas por nuestra madre, la manta verde para el suelo, un termo, un par de cojines y una pequeña nevera con bebidas.

Arbadua, poco más que un perdido e inoperativo puesto fronterizo,  a lo que más se parecía era a un desierto. No había más arboles que pequeños grupos de eucaliptos sedientos, de copas desmelenadas y tirando a calvas. Poca o ninguna sombra se obtenía de ellos sobre aquella tierra reseca. Por si fuera poco, mi padre en su sofoco y probable deshidratación, se ofuscó al armar el pequeño camping-gas que llevábamos, desoyendo las instrucciones, y aquella pequeña bombona azul salió dando tumbos mientras desparramaba su peligroso contenido.

Comimos pollo frío mientras todos nos asábamos en silencio en aquella tierra ardiente. Qué calor!!



El momento que he recordado me viene siempre a la cabeza cuando paso mucho calor. Y eso que, para tener la tranquilidad completa. en India llegué a comprobar experimentalmente que no se llega nunca a explosionar por mucho que nos pueda parecer un desenlace inminente. Jaisalmer, en Rajastan, es un lugar al que se puede sobrevivir todo un día, muy acalorado eso sí, después de disfrutar de unos persistentes 50 grados centigrados.

Ahora en Tailandia de nuevo viene Arbadua a mi cabeza. Sonrío mientras mi cuerpo hace amagos de rebeldía al comprobar que los 30 grados con más del 60% de humedad no remiten nunca. Ni de día ni de noche.

Yo trato de despistarme a mi mismo como se hace con los niños cuando, como mi sobrina Laura, se les mete una idea en la cabeza que no hay forma de sacar. Mi mejor recurso es comparar con lo que sería la temporada de calor de verdad aquí, a partir de abril: 40 grados y 70% de humedad. Eso consuela.


Pero esta historia tiene un buen final. Un epílogo de olor a tierra mojada y una declarada tregua del cielo que hoy, al fin, ha descargado en Ban Phe una tormenta breve pero intensa.

La temperatura ha bajado, el trasiego y el ruido de las calles se ha detenido, todas las miradas han quedado colgadas, como si fueran pájaros inmóviles en los cables, de los toldos despidiendo al agua, el asfalto ha vuelto al color negro original y mi cuerpo, al fin, se ha refrigerado.

Se respira tan bien.




domingo, 4 de noviembre de 2012

Trastienda

Miro y remiro mil veces lo que no conozco. Observo como un viajero con algunas pretensiones pero mi mirada es irremediablemente la de un turista que no sabe nada.
De las varias maneras de orientarse, ésta de mirar una y otra vez es una más y muy útil. Imprescindible cuando el país, como sucede ahora con Tailandia, me es completamente desconocido.

Mirando a fondo se descubren muchas cosas. Se entienden algunas y se quedan desveladas otras.
Hay una zona de Bangkok, marginada del centro real, que está acondicionada para los turistas. No muy bien, por cierto. Como sucede en otras partes, aquí han llegado a algunas conclusiones de como quieren ver la ciudad los extranjeros que la visitan. Y así la presentan para que la miren. Superponen decorados, añaden música occidental decadente pero reconocible y dan a todo una pobre y vaga mano del lejano oriente. Siam.

Estoy seguro de que el resultado es tan artificial como la calle mayor de Madrid.
En esencia los decoradores no han tenido que emplearse a fondo. Sabedores de lo que aplana el calor a los europeos, han sembrado algunas calles de terrazas con mobiliario de mimbre y ambientación asiática de los mismos tramoyistas de las películas de los años 70, como Emmanuel y otras. Los viajeros se tiran en varias tandas de horas, beben numerosas cervezas caras y miran lánguidamente a Bangkok pasar por delante.
En realidad, quienes pasan son viajeros como ellos que transitan de un bar a otro, o a un comedor o a un lugar de masaje o a tumbarse de nuevo unos metros más allá. No hay más. La misma oferta muchas veces repetida. Si paseas por la calle mirando, esto es lo que ves.

Pero a mi me gusta rebuscar en los callejones, tan frecuentes y caóticos aquí. Dice más la trastienda que la fachada.
Así resulta que cada terraza de mimbres y coctails tiene al costado su callejón de servicio repleto de fuegos, de alimentos, de trasiego de operarios.  Cocinas que puedes atravesar limpiamente. Bonita palabra.
 La cocina en pleno callejón, se ve venir, no tiene secretos, ni rincones, ni neveras ni limpieza alguna. Todo está a la vista.
Nadie parece apercibirse. ¿Quien quiere una verdad incómoda?

Al fin y al cabo las cosas son como habíamos pensamos que serían. Así está todo bien.

 

lunes, 29 de octubre de 2012

Malayo

     Parece que a medida que modernamente los aviones te llevan más lejos por algo menos de dinero, las fronteras se llenan de barrotes invisibles para ponértelo difícil.
   
     Esta mañana tenía yo todo a punto para coger mi vuelo a Tailandia, vía Qatar, y un joven en el aeropuerto me dio esta noticia: Como su billete de vuelta es para dentro de 4 meses y excede los 30 día que Tailandia concede a los turistas españoles o me presenta un billete de salida del país antes de ese plazo o me firma un papel por el que exonera a Qatar de los gastos de repatriación si es rechazado usted por la oficina de inmigración en Bankog.

     Que bonita manera de echarle a uno a perder los preparativos, tan minuciosos y pacientes. Que momento más malo!

     Esta claro que firmé el papel y me metí en un avión con la zozobra de que podía ser rechazado, que horrible palabra, unas 30 horas después y a 14 mil kilómetros de distancia!!!

    Cuando llegué a la medianoche a mi escala en Doha, Nuria había hecho una concienzuda indagación, solo dios sabe porque medios, para encontrar algún billete tan económico como inservible que sirviera para salir de Tailandia antes de 30 días y de cualquier manera y con destino a cualquier parte.

   Ahí está el asunto Malayo. Sus ferrocarriles ofrecen billetes desde el sur de Tailandia, a mil cochinos kilómetros de en donde en realidad voy a estar camino de Camboya. Pero ese tren nos ha vendido por 4 euros el asiento 2B en el coche L7. sale a las 4 en punto de la tarde del día 11 desde Hat Yai.

   Ese asiento irá vacío pero parece que servirá de pase. Un pase malayo para Bangkok.

Billete de tren de Malasia



miércoles, 25 de julio de 2012

miércoles, 1 de febrero de 2012

martes, 8 de febrero de 2011

Arcila

En Arcila hay algunas huellas escondidas que ya me señalaron de niño mis padres. Mi abuelo Ángel ocupó el Consulado de Arcila en dos ocasiones en los años 20 y algunas de sus acciones han perdurado en mi memoria de tal modo que, a la menor ocasión, vuelvo a las calles silenciosas de la medina, visito el minúsculo mercado de abastos, o me asomo a las almenas blancas que recortan el cielo cerúleo.



Minúscula frente al océano atlántico, Arcila descubre las sombras en invierno. Blanca, de calles anchas, de casas frescas y bajas se recoge en los días cortos, se guarda de la lluvia bajo los toldos de plástico de la muralla y se aprieta en el tumulto de los hombres que abarrotan los cafetines.

Arcila se asoma al fin en la tarde a que la mire el horizonte como si fuera un destello blanco.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Discontinuo


La instalación en la rutina de mi vida organizada alrededor del trabajo se parece a los periodos de estancia en tierra que tienen los marinos antes de embarcarse de nuevo. Provisional y pasajero.

Cuando salgo de aquí, viajando, el paisaje en continuo movimiento estimula mi vida de tal manera que apenas doy abasto para mirar, oír, sentir, entender…

Ahora cuando el paisaje es invariable, en tierra, mitigo la monotonía buscando el queso del conocimiento como un ratón hambriento: leo.

Leo sin continuidad. Trozos de textos y palabras intercambiables que encuentro en los libros, en los periódicos, en la radio, en la red. Sigo peripecias de viajes ajenos, emociones y recuerdos evocados por otros, pasajes clásicos de poetas muertos, hallazgos científicos en sus primeros titubeos, pequeños ensayos, cosas así.

                                               El Interventor tomando el té en el Rif. 1954
Por momentos, esta manera discontinua y diversa de observar quieto el mundo parece un truco mágico para que todo parezca en movimiento.



miércoles, 29 de septiembre de 2010

Blanco y negro

Estas semanas de vuelta a casa, a la rutina, me hacen sentir el cambio como el filo nítido que hace una cartulina negra sobre el blanco de un folio.

Desde esta conocida perspectiva de los días de diario se hacen notar, más aún, los más de cuatrocientos días que he pasado fuera de aquí, fuera de esta vida. En otra vida.


No se trata de recuerdos o evocaciones de esas que hacen que tu cara repose sobre la mano en una melancólica mirada a las fotos o los pequeños tesoros para después de una travesía. No. Es la constatación sin más de que estos días son como son lo que me hacen perder peso y sentir de manera indefinida, gozosa y constante que los otros días eran otros.

Tengo que recordar el agradecerle a alguien el disponer de un software que facilita tanto las cosas. Agradecer el haber aprendido, no se en donde la verdad, a regresar fácilmente a casa para poder irme tan campante.

Son casi las 8 de la mañana. Viajo en un autobús urbano rumbo a mi oficina. Sonrío. Se ya que los sueños se llevan a cabo. Que casi todo es posible. Hay más cuatrocientos días esperando.


“Hoy, antes del alba, subí a las montañas, miré los cielos llenos de luminarias y le dije a mi espíritu: 'Cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría que contienen, estaremos tranquilos y satisfechos?'

Y mi espíritu dijo: 'No, ganaremos esas alturas sólo para seguir adelante'”

Walt Whitman

viernes, 27 de agosto de 2010

Carurú

En Bahía hay distintos festejos dirigidos a los niños (as crianças) Uno de ellos es una comilona acompañada de regalos que se llama “carurú” (oír música)


El día aquél que trazamos el sendero por la mata atlántica para alcanzar la playa desde el predio, mi casero Lázaro prometió a la chiquillería que nos recibió al llegar abajo, en la favela, que un día haría un carurú para todos ellos.

Semanas después, al despertarme una mañana, la cocina de la casa estaba en una agitación inusual con el trasiego que podría preceder a un banquete: Ollas de tamaño superior ocupando los fogones, las cuatro mujeres de la casa afanadas de un lado para otro de la estancia, alimentos y verduras desparramados por todas partes. Eran los preparativos del carurú.

Me aseguré de cual era la hora a la que debía regresar a casa para participar en la fiesta y me fui fuera a mis asuntos.

Regresé a las 3 de la tarde y la cocina continuaba con la agitación en la que debía de ser una nueva fase de preparativos y ya andaban entonces por la casa una tropa de invitados adultos que si tenían función alguna debía ser para más tarde porque vagueaban por todas partes.

Mi instinto me indicó la preferencia por una sutil imitación de las otras personas presentes pero, sin poderlo evitar y a causa de mi mal entrenamiento familiar, entré en la cocina y me solidaricé con aquél zafarrancho. Se empezaban a llenar platos de aluminio con su tapa de cartón que eran la base del banquete infantil. Una especie de plato hecho con harinas de varios colores, arroz blanco, feijoes, salsa de gambas y pollo. El problema residía en que eran cien unidades.



Llegó Flabio, nuestro hombre en la favela, y empezó a trasladar cajas de cartón rebosantes de platos hasta la furgoneta volkswagen aparcada junto a la entrada del predio. Cuando todos los platos estuvieron confeccionados se invitó a comer a los adultos presentes en la casa que habían añadido a su indolencia una intranquilidad comprensible porque eran ya las 7 de la tarde!!!

Enseguida bajamos a la entrada de la Favela Gamboa que es, como casi todas, el arranque de una escalera que se hunde en la oscuridad mientras desciende con la ladera. Con las cajas sobre la cabeza empezamos a caminar y en unos instantes estábamos rodeados por docenas de niños expectantes que jaleaban con gritos de alegría: carurú, carurú!!!

Al poco uno se me quedó mirando y dijo:

_Yo a ti te conozco. Eres el que se había perdido en la mata.

Y otro chiquillo le ayudó enseguida.

_ ¡Es Yosé! ¡Es Yosé!

Llegamos hasta el pequeño rellano que separa la casa de Flabio de las rocas y las aguas de la bahía. Norma Santana, la bailarina que vive en la casa, se ocupó de entretener a los críos con juegos y bromas como aperitivo de la fiesta. Eran unos 70, ruidosos, alegres, de culo inquieto y alguno de ellos bastante violentos. Tenían entre 4 y 10 años de edad.

Mirarles me hizo pensar en que aquí la infancia no dura nada. En que la violencia es la manera de sobrevivir en los fondos de la ciudad, en que son indudablemente pobres y felices a un tiempo y otros pensamientos solapados por el estilo. Pero poco……la alegría de la fiesta se sobreponía a cualquier cabilación. Contagiaba.

Todo funcionó bien. Se formaron filas para recibir el plato de comida, los vasitos con refresco, un envoltorio para cada uno con regalos sencillos: el anillo de plástico, el relojito de goma, matasuegras, globos y cosas así.

Con timidez se fueron acercando algunos adultos que también tuvieron su plato de carurú hasta que se agotaron.


Canciones, recoger los envases, más fotos, subir escaleras, abandonar la favela……………carurú.

martes, 24 de agosto de 2010

Aiara

Al principio de estar en Salvador, cuando aún ocupaba una habitación cuádruple en el Hotel Arthemis de la Plaza da Sé, casi todas las noches buscaba un peldaño en el zaguán de una antigua casa portuguesa para sentarme un rato y contemplar el trasiego del Largo de Pelourinho, puerta de entrada y de salida del empinado barrio viejo de la ciudad. (oír música)

Hoy, aún de día, he pasado por allí y me he sentado de nuevo, más por refugiarme del sol ardiente que por la contemplación en si misma.

Al poco, se ha sentado a mi lado una de esas mujeres bien orondas de carnes y vestidas con ropas tradicionales de bahianas que se ofrecen para decorar las fotos de los turistas.

La que compartió mi improvisado banco se llama Aiara y además de algunas palabras sin sustancia tuvimos la conversación que sigue (ella en lengua portuguesa y yo en la que buenamente pude)

_Estoy cansada. Llevo todo el día aquí.

_Si, hace mucho calor al sol en esta plaza. Es duro tu trabajo.

 _¿En qué estás pensando tanto? ¿En las deudas?

_No. No tengo deudas. Es por eso que puedo pensar tranquilo.

_Yo si. Yo tengo muchas deudas. (silencio) Todo el mundo tiene deudas…….menos tú.


Y añade Aiara al poco:

_ ¿Y en qué piensas si no es en deudas?

_No se. En las cosas simples. En el trabajo de esos hombres de ahí delante que instalan una carpa, en el barrendero cansado, en los vigilantes del museo de la esquina, en los turistas que pasan acalorados y en cosas así….

(silencio)


_Si tu puedes pararte a pensar en esas cosas es que, verdaderamente, no tienes deudas.



Hay algo más: En portugués las deudas se llaman “dividas”. El periódico La Tarde de hoy mismo informa de que más de 80 millones de brasileños están endeudados por la facilidad con la que los bancos prestan dinero y por una corriente generalizada de consumo.

No estamos hablando de deudas hipotecarias. Son deudas por adquirir bienes de consumo sencillos como electrodomésticos, ropa, menaje, etc. De hecho, la mayoría de los productos se etiquetan en una cantidad baja multiplicada por el número de juros (letras) en que se puede pagar. Por ejemplo: Un viaje de fin de semana 100 reais x 5 juros; un ordenador 190 reais x 10 juros; una nevera 150 x 5 juros, y así sucesivamente….

(para los aficionados a los cálculos, un euro equivale a 2,5 reais. Más fácil aún, el cuarenta por ciento de cualquier precio en reais es su equivalente en euros)

jueves, 19 de agosto de 2010

Boipeba

He cambiado la quietud de la playa por un caminar incesante, a través de esta isla de Boipeba. Camino en todas las direcciones. Vigorosamente. Casi sin que lleguen a formarse en la arena de los caminos las huellas rápidas de mis pisadas. (oír música)


Tanto ha batido mi pulso en las veredas de esta isla que ahora, como decía un poeta portugués, si que puedo decir de nuevo que una isla es como un corazón rodeado de mar por todas partes.

En solitario. Soy el único intrépido que se adentra en las matas a esas horas centrales del día en las que la búsqueda de la sombra y la quietud son obligadas reglas de salud pública. He sido perseguido en todo momento por el sol cegador que hace blanco el aire y embarga el cielo hasta casi desteñirlo.

Boipeba es casi llana, arenosa en cualquier dirección que se tome, sin carreteras y sin más motores en tierra que los que empujan a los tractores agrícolas que hacen el único transporte posible de “larga distancia” a través del suelo blando. Los trayectos cortos son para las carretillas de una rueda y propulsión humana. También hay burros y mulos con sus alforjas y, algunos, tirando de carros ligeros.

En una isla tan pequeña solo hay lugar para lo imprescindible. No hay policía alguna ni oficina de correos. Ni un solo obstáculo enmaraña las calles: no hay postes, ni señales, ni bancos, ni vados, ni alcantarillas, ni publicidad alguna.

Lo que si hay es una red fina, casi transparente, como las de los pescadores de playa, que relaciona entre sí a los casi mil habitantes que viven permanentemente en esta isla. Nudos de conexión entre la gente y una voluntad tejedora de los moradores que, como costumbre, preguntan a unos por otros sin excusa ni curiosidad, sin que haya urgencia o mensaje alguno que darles.


Al anochecer, las calles se hacen aldea de penumbra mientras el paisaje se desdibuja y la isla vuelve al silencio. Los nativos, que es como se llaman a sí mismos, salen de las casas a pasear de un lado para otro, se detienen a tomar alguna cerveza, a hacer las pequeñas compras y a preguntar los unos por los otros….


P.D. De Boipeba se puede salir de dos maneras y ambas, naturalmente, por mar. La primera es una lancha rápida que lleva a Valenca, en el continente. El trayecto dura una hora y la tarifa depende de si se es nativo, 8 euros al cambio, o si se es no nativo 14 euros.

La otra manera es la que empleé yo. Una lancha, nada rápida por cierto, te lleva en una hora a Torinhas que es menos que una aldea portuaria en otra isla mayor que Boipeba; allí te coge al rato un autobús que, por una pista de tierra, te acerca a Valenca en otra hora y media más a través de una selva. En este itinerario de casi tres horas solo hay una tarifa de 5 euros única para todos. Solo había pobres entre los pasajeros. Es simpático el nombre de este servicio de transporte: Expreso de Boipeba

    .../...

lunes, 16 de agosto de 2010

Itaparica

Septiembre de 2009.  Bahía de Todos los Santos. Brasil

Mi padre habría disfrutado mucho sentado en donde yo estoy ahora, en un chiringuito de playa dando holgazanería a un domingo. Lo que no puedo saber es cuánto o de qué manera. ¿Qué se yo lo que le pasaría a él por la cabeza?


Estoy en una isla al otro lado de la Bahía, frente a Salvador. La playa está plagada de sillas y mesas de plástico y entre las patas se acumulan botellas de cerveza vacías. No hay una sola toalla sobre la arena y el despliegue de distintos apaños para sentarse llega hasta el confín del agua misma.

Sobre las mesas hay distintos formatos de tuperware con comidas caseras para un domingo de playa y, al lado, las botellas de cerveza Skol de 600 c.c. dentro de su cesto refrigerante.

Las sombras están hechas de palmeras de cocos y troncos de madera con armazones que las imitan en el oficio de dar algo de sombra.

Detrás hay música interminable de un cantor y su guitarra. Melodías tan melancólicas que hacen que los rostros de la gente se pongan serios, algo tristes, mientras sus labios siguen las letras de las canciones.

No hay blancos en la playa de Itaparica. Esta es una playa muy popular.

Creo que me he acordado de mi padre porque este es un lugar perfecto, en su mejor tarde de domingo de los años 60, para conversar sin límite con mi madre en algún pequeño y solitario bar mientras los niños, nosotros, nos perdemos entre las aventuras inventadas en la arena.