sábado, 23 de septiembre de 2023

Cordillera

  En Banaue las laderas son tan empinadas que más parece que te descuelgas cuando las bajas.

Me ha costado encontrar un lugar del que no se hubiera apoderado el turismo y sus imprescindibles asociados: transporte, guías, recuerdos, etc.

   Mi pequeña exploración se ha desenvuelto en Tan-An y sus arrozales. Hay que ponerse en manos de Maps.Me porque no hay carretera para llegar allí. El trazo punteado no es más que una sucesión de escaleras de cemento con peldaños desiguales y tan empinadas que no serían practicables si no fuera por las barandillas.

   He buscado con denuedo un palo que compensará mis desequilibrios y me protegiera en el descenso. Tan-An es un poblado de unas treinta casas que no parece haber variado de tamaño en las décadas pasadas.

   No queda a la vista ni un solo techo de paja de nypa, lo que me hace pensar que las labores constantes de reparación y mantenimiento no resistieron los nuevos tiempos de la económica y duradera chapa ondulada. Otro tanto se puede decir de las maderas locales con las que estaban hechas las chozas y de las que apenas quedan unos paños. En lo fundamental las casitas están reconstruidas a base de cemento y algunos paneles de fibras.

   Más allá de las decenas de casas desordenadas están los campos de arroz y todas sus redes de canales para anegar las terrazas. Son parcelas pequeñas y las lindes sirven de estrecha senda por la que seguir el camino. No se en qué fase está ahora el cultivo pero las figuras que de lejos identifiqué como espanta pájaros resultaron ser de cerca una madre y dos hijos recogiendo espigas sueltas entre las hierbas secas de la cosecha.


   Mis intenciones de hoy eran las de completar un circuito cerrado, pero caminar entre arrozales es muy lento, por lo que advertí con tiempo que sería difícil terminar la ruta, di la vuelta y  volví al poblado.

   Me aventuré por un extremo del núcleo que no tenía salida y fui a dar con varios grupos familiares a la hora de comer. Se sorprendieron limitadamente al verme llegar pero detuve mis pasos de visitante curioso e inesperado y los cambié por los de alguien que viene a quedarse un rato.

   Busqué asiento en uno de esas incómodas tablas arrimadas a una pared que no levantan un palmo del sueldo.

   Estando más a tiro se animaron a hacerme las preguntas que se hacen al forastero: que de dónde vienes, que donde me hospedó, qué me parece Filipinas.

   El grupo era numeroso y por ser sábado sin escuela había abundancia de niños y también varias madres. Serían 12 personas, probablemente emparentadas, en un rincón callejero no más grande que un dormitorio. Más alejado, semi ocultos detrás de un horreo, había otro grupo de hombres que bebía alcohol. Y todo los que pasaron por delante de mí de un lugar a otro mascaban moma, que es como llaman aquí al betel.


   Era poco más tarde de las 12 y todos comían. Entraban en una casita en donde supongo que estaban las ollas y salían con un cubierto en la mano y un plato con arroz y trozos de pollo. Quisieron saber si querría comer con ellos y conseguí que me pusieran rice sin nada más con el truco de decir que soy vegetariano.

   Agradecí la invitación y comí con buena cara y ritmo mi ración de arroz. Al terminar hice lo que ya había visto: Agacharme junto a la boca de una manguera y lavar con una mano el plato y la cuchara.

En la sobremesa traté de conquistar a algunos niños pequeños con el truco de la moneda que desaparece en la mano y reaparece en la oreja de cualquiera. No hubo manera. Recelaban de mi y o bien pasaban por delante sin hacerme caso o retrocedían con desconfianza.

Pasé un buen rato allí hasta que no solo se agotaron las preguntas sino casi todas las miradas. Sonreía, me movía muy lentamente y trataba de sentirme un poco como uno de mis anfitriones, pero no conseguía otra cosa que poner mi pensamiento en especulaciones sin sentido: cómo podía haber tantas madres tan jóvenes, cuál sería el parentesco, como podía un niño de diez años mascar moma. Cosas así. Me era imposible sacar de sus miradas algo más que los gestos propios de la cortesía.

Me levanté despacio, cogí mi palo, di las gracias y salí lentamente de aquel rincón suficientemente inspirado como para escribir estas líneas.