Para ver el vídeo PICAR en el enlace
https://youtu.be/YrUGw7ciQ2w?si=nl4vKRNWQ0PE5BE7
El octubre hice un largo viaje de exploración por la Serranía de Cuenca en busca de conocimiento, información y contactos de la trashumancia, que cada año se realiza con los rebaños de ovejas desde allí a los pastos de Mestanza, en la falda norte de Sierra Morena.
Finalmente los hermanos Cardo que salen cada 1 de noviembre con sus 1.500 ovejas hacia el sur aceptaron llevarle en la trashumancia de 2023. 23 jornadas y casi 400 km.
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Entrenar en bicicleta para poder afrontar la próxima travesía en mínimas condiciones es bastante aburrido. El camino se repite con ligeras variantes porque me mantengo en carriles bici lejos de los coches y no hay mucho en dónde elegir. Ni tan mal, que puedo hacer casi 30 km. desde casa sin preocuparme. Entre la ida y la vuelta, claro.
Para incentivarme, alguna vez voy directo hasta un bar con terraza regentado por un chino joven y simpático que prepara el segundo desayuno del día con un pequeño bocata de tortilla francesa hecha sobre la marcha y un café.
Hoy ya hemos empezado a asomar del agujero del largo invierno, con un sol radiante y una animación de gente creciente en la calle; tanto, que no había mesa libre en la terraza. Casi todas estaban ocupadas por estudiantes de la Escuela de Ingeniería de la UPC, ruidosos, desenfadados y alegres. A las 11 de la mañana pudiera parecer que estaban perdiendo el tiempo. No lo creo.
Esta compañía estudiantil de la pausa china me ha hecho recordar los tiempos de la Universidad de los 70.
En mi caso, aunque tenía "clases" en el turno de tarde, mi jornada empezaba a primera hora después de comer, con un ensayo en los locales del coro universitario, precedido por algún disputado torneo de ping-pong entre los agresivos bajos y los defensivos tenores.
Al terminar, sobre las 5 y pico, éramos muchos los que nos mudábamos al cercano café España, territorio preferente de jubilados y funcionarios de jornada continua. Tomábamos café, charlábamos a granel y reíamos sin medida de nuestras propias ocurrencias. No había prisa alguna.
La comarca del Campo de Belchite está entre las provincias de Zaragoza y Teruel. Encierra una serie de parajes de gran interés. Desde las zonas más esteparias hasta las de ribera cerca de la cuenca del río Aguasvivas y tiene 1.043 km2 de superficie.
Hay muchas rutas a pie en los alrededores y muchas de carácter circular. Por proponer una , merece la pena la que recorre el tramos del río Aguasvivas entre las localidades de Almonacid de la Cuba a Belchite. Esta caminata de casi 9 km, en los que se emplea poco más de tres horas, es circular y alcanza a visitar el interesante Pozo de los Chorros.
Pero la motivación principal para una visita a la zona es el pasado de Belchite y el repaso de los acontecimientos que tuvieron lugar aquí en el verano de 1936 en un corto pero intenso enfrentamiento militar entre los dos bandos de la Guerra Civil española.
El Ayuntamiento de la localidad organiza una visita guiada al Pueblo Viejo de Belchite que se encuentra en ruinas pero que permite rememorar los combates de aquellos días de agosto y las vicisitudes de la población civil para lograr sobrevivir.
Hay varios horarios y aunque el precio es de 8 euros la visita es extensa y bien informada por los guías.
El pueblo nuevo tiene también su interés. Construido tras la guerra y el abandono del pueblo viejo a partir de 1940 con el estilo característico de las regiones devastadas dispone de todos los servicios.
Un fin de semana da tiempo para
completar el viaje por la zona acercándose a Fuendetodos., a 44 km de Zaragoza
y 19 de Belchite Este pueblo es conocido por ser la localidad de nacimiento de
Francisco de Goya en 1746. En proceso de recuperación arquitectónica, la intervención
en sus casas y calles ha conseguido un conjunto armonioso y ordenado.
El pueblo tiene el museo de la casa natal del pintor, el museo del grabado y la casa de Zuloaga, dedicada a exposiciones. Del pueblo parten multitud de senderos.
Hay buen aparcamiento para
pernoctar tanto en Belchite, junto a la estrada de las ruinas, como en varios
lugares discretos de Fuendetodos.
Sede de la Comarca del Campo de Belchite
c/Ronda Zaragoza s/n.50130 Belchite (Zaragoza)
976 830 186
Email: administración@campodebelchite.com
En este viaje por el confín sudeste de Europa he alternado para dormir algunos modestos hoteles que estaban en mi ruta con atardeceres de montar mi tienda de campaña Vaude al final de la etapa. A veces ya de noche para extremar la discreción cuando armaba en un parque o espacio urbano.
Normalmente reviso con cuidado el espacio elegido cuando aún queda luz y regreso más tarde, ya oscurecido, con la seguridad de que me servirá el plano mental que me hecho: donde plantar la tienda y amarrar la bici, como orientar la puerta y, si hay suerte, por donde queda el punto de agua.
Me abrigo y abro mis alforjas en la aparente
desventura de un ciclista que no tiene techo que lo ampare para pasar la noche.
Extiendo mi lona y la tela de mi tienda sobre ella. Luego saco los palos y armo
la estructura para colgar de ella mi habitación. Clavo las piquetas si el suelo
lo permite y si no es así tiro los pulpos a algún agarre o, en último caso a la
rueda de la bici tumbada en el suelo.
Empiezo a tirar dentro los trastos de mi
equipo, siempre en orden y siempre al mismo sitio. El colchón, el saco, el
aislante, la almohada, la ropa de dormir, el aseo, los apaños de cena, la
bombona de gas, el infiernillo, la botella de agua y el cazo.
Cuando todo está ya dentro echo una última
mirada de revisión a mi alrededor, me descalzo y me meto en la tienda. Hincho
los útiles de dormir y me cambio de ropa, enviando al fondo mi sufrido atuendo
de ciclista.
Armo luego el infiernillo y prendo la llama con
cuidado. Echo al cazo agua para una sopa de cena o un té. Inmóvil, absorto en
el fuego, mi respiración se hace más lenta, mis piernas se relajan, el ambiente
se caldea y siento como la sensación de hogar me rodea.
Es un hogar diminuto, ligero, incómodo y
provisional, pero tan confortable en esos momentos. Un ciclista en su hogar.
Es entonces cuando las vicisitudes de la etapa se
desvanecen; los muchos kilómetros recorridos, el amenazante tráfico, los
vientos en contra y las antipáticas cuestas se olvidan. El calor de mi casa de
tela disuelve cualquier penuria del día.
Alumbro con la linterna el agua por si ya humea
y es entonces cuando, sin prisas, anoto las distancias, el tiempo del recorrido
y alguna otra cosa y me aplico en hacer una buena cena.
El
explorador polar Scott, en su dramático regreso hacia el Terra Nova, anotó en
su diario: ” la situación es lamentable pero, como siempre, olvidamos las duras
pruebas cuando estamos reunidos en la tienda delante de una copiosa cena”
Bienestar y seguridad
Paré en Estambul apenas unas horas antes de coger un tren hacia Bucarest en 1.999
Las ciudades grandes que no se conocen desconciertan al viajero solitario, pero aún es más impactante si esperas en la línea de equipajes del aeropuerto una caja grande de cartón con tu bicicleta desmontada dentro.
No tengo remedio. A pesar de haber dejado los largos viajes en bici hace un par de años no he podido resistirme a un nuevo periplo más cercano y, puede, que más fácil a la parte europea de Turquía, la ribera búlgara del Mar Negro y una parte de Grecia. El boceto de esta travesía es este:
Para mí el viaje es una disposición solitaria al encuentro de lo ajeno, a la búsqueda paciente del reflejo de uno mismo en lo que me rodea.
Los hallazgos aún se hacen más intensos si el desplazamiento es caminando. Paso a paso. Esos episodios, muchas veces largos en horas y agotadores de fuerzas, en los que sin embargo se recorre poca distancia, unos escasos 25 o 30 kilómetros.
Esta travesía ya concluida del proyecto península ya era la decimoctava caminata desde los inicios en 2009. Casi todas han sido en solitario pero en la más reciente casi han sido la mitad las jornadas que he compartido con otros.
Durante las semanas de preparación fui añadiendo a mis etapas, además de hitos de paso, características y alojamientos, deseos o pequeños objetivos de encuentro, fueran familiares o de amistad.
Santander, a mitad del recorrido, propiciaba toda
clase de conexiones, de modo que otros caminantes se incorporaban con facilidad
a mi ruta y se desprendían del trayecto a su conveniencia una vez cumplido el
propósito.
Los primeros compañeros fueron mis hermanos Alberto y Pío. El primero, Cuérigo (Asturias 1962) es ya un compañero habitual, de tres etapas, en las travesías recientes. Animoso y positivo siempre es enriquecedor caminar con él. Pío, Tetuán 1959, es un caminante cotidiano en su ocio urbano y un avezado y competente andarín en las montañas asturianas. No costó convencerle de que se uniera a nosotros y, inevitablemente, abrió camino en la intrincada geografía vizcaína. Un fraternal y gran equipo.
Desde Bilbao a Santoña recuperé mi cadencia de caminante y el apacible ritmo del pensamiento unas veces sereno y otras bullicioso.
Bajo la amenaza de la lluvia se incorporó al camino mi hija mayor, María, que ya me acompañó en el camino de sirga del Canal de Castilla. En muy buena forma María te mantiene alerta y más que entretenido con su animada conversación, proyectos, ensoñaciones y toda clase de utillaje de su amueblada cabeza. Discrepamos en la elección del alojamiento: yo empeñado en pernoctar en el concurrido albergue del Abuelo Peuto y ella en buscar un hotelito rural con encanto. Me salí con la mía por los pelos JBatidos por el viento recorrimos los últimos
kilómetros sobre los acantilados de Langre hasta alcanzar en la bruma el
solitario embarcadero de Somo. Los caminantes alcanzaron a paso vivo el refugio
de las nietas y la bonita casa de María.
Mi nuevo compañero, Alfredo, se incorporó a la travesía en Santa Cruz de Bezana. Caminante cotidiano de paseos cortos se incorporó resuelto a una etapa bastante larga. Casi no sentí la distancia enfrascado en nuestra conversación que, por momentos, parecía una continuación de cualquiera de nuestras pláticas anteriores, en tantos años de compartir los despachos de Educación.
Me hubiera gustado seguir camino de Asturias con el
amparo de su compañía pero, a pesar de la invitación a continuar de su mujer,
Alfredo fiel a sus planes decidió volverse a casa.
A partir de Santillana mi caminar sigiloso discurrió en solitario por las pequeñas carreteras y caminos de los confines occidentales de Cantabria. Comillas, San Vicente, Unquera…
En un Albergue de La Franca compartí alojamiento con tres jóvenes y al día siguiente coincidí con una de ellas en desbrozar sinuosas y fatigosas sendas costeras hasta alcanzar Llanes.
Más adelante, terminé compartiendo etapas y alojamientos con dos jóvenes de Huelva animosos y llenos de energía que en algún tramo debieron dejarme atrás para que recuperara el aliento. Con todo, era una inspiración caminar con Cristina y Alex y ponerme al tanto de sus proyectos, tan extensos como para ocupar la larga vida que tienen por delante.
Cumplida la décimo octava etapa caminé un trecho al
despuntar el día hacia La Laboral de Gijón, meta de mi empeño por esta
primavera.
Ya puedo mirar el final cercano de mi aventura de caminar todo el perímetro de la Península Ibérica desde Port Bou a Irún. Apenas me quedan por delante dos travesías: la que continuará por el norte desde Gijón al cabo de Finisterre y la que cerrará el recorrido mediterráneo desde Gandía al cabo de Palos, en Murcia.
Confío en conservar la energía para emprender nuevas caminatas, aunque sea en proyectos más pequeños.